Hablando basura

¿Cuánto vale tu palabra?

Nuestra palabra dice mucho más de nosotros de lo que imaginamos. Cada promesa que hacemos y cada compromiso que asumimos ponen a prueba nuestra integridad. Las Escrituras nos enseñan por qué ser personas confiables también forma parte de nuestra manera de honrar a Yehováh.

Una de las grandes tragedias de nuestra generación es la pérdida del valor de la palabra. Decimos con facilidad: “Cuenta conmigo”, “yo lo haré”, “te llamaré”, “mañana te pago” o “allí estaré”, muchas veces sin considerar la responsabilidad que esas palabras crean. Aceptamos obligaciones, hacemos promesas y asumimos compromisos que pueden quedar rápidamente olvidados cuando pasa el momento. Sin embargo, cada vez que damos nuestra palabra estamos poniendo algo muy valioso en juego: nuestro carácter.

Una persona confiable no es aquella que nunca enfrenta dificultades o que jamás comete un error, sino aquella cuya palabra tiene peso. Cuando dice , los demás pueden confiar razonablemente en ese sí; cuando acepta una responsabilidad, existe una verdadera determinación de cumplirla. Y cuando circunstancias fuera de su control hacen imposible hacerlo, la integridad no desaparece. En lugar de evitar la situación o inventar excusas, una persona confiable habla con honestidad y asume su responsabilidad.

Las Escrituras conceden enorme importancia a este principio. En las instrucciones de esta semana, Yehováh declara:

Lo que hubiere salido de tus labios, guardarás y cumplirás, conforme lo prometiste a Yehováh tu Elohim, pagando la ofrenda voluntaria que prometiste con tu boca.

Deuteronomio 23:23

El contexto inmediato se refiere a los votos hechos voluntariamente a Yehováh. Nadie estaba obligado a hacerlos, pero una vez pronunciadas las palabras, estas creaban una obligación. El libro de Números expresa el mismo principio: “Cuando alguno hiciere voto a Yehováh, o hiciere juramento ligando su alma con obligación, no quebrantará su palabra; hará conforme a todo lo que salió de su boca” (Números 30:2). Eclesiastés presenta una advertencia todavía más directa al enseñar que, cuando hacemos una promesa delante de Elohim, no debemos tardar en cumplirla, y concluye: “Mejor es que no prometas, y no que prometas y no cumplas” (Eclesiastés 5:4–5).

El mensaje es difícil de ignorar: es mejor no prometer que comprometer nuestra palabra y después tratarla como si no tuviera valor.

De los votos a la vida cotidiana

Estos pasajes se refieren específicamente a compromisos hechos delante de Yehováh, pero también revelan algo importante acerca del carácter que Él desea formar en nosotros. Yeshúa llevó ese principio directamente a nuestra conversación cotidiana cuando enseñó: “Sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no” (Mateo 5:37). Santiago repite esencialmente la misma instrucción: “Que vuestro sí sea sí, y vuestro no sea no” (Santiago 5:12).

Una persona íntegra no debería necesitar juramentos y grandes afirmaciones para que los demás le crean; con el tiempo, su propia trayectoria debería hablar por ella. Su debe significar sí, su no debe significar no y, cuando dice “lo haré”, debe existir una intención genuina de cumplir. Este principio alcanza prácticamente todos los ámbitos de nuestra vida: el matrimonio y la familia, las amistades, el trabajo, los negocios, el ministerio y nuestras obligaciones económicas. Si prometemos pagar, debemos pagar; si aceptamos realizar un trabajo, debemos hacerlo; si decimos que estaremos en algún lugar, debemos hacer todo lo razonablemente posible por estar allí. Y si asumimos una responsabilidad, los demás no deberían tener que perseguirnos constantemente para averiguar si realmente pensamos cumplirla. Esto es mucho más que buenos modales: es integridad.

Las palabras revelan el carácter

Las Escrituras relacionan repetidamente la manera como usamos nuestras palabras con la condición de nuestro carácter. David escribe: “Guarda tu lengua del mal, y tus labios de hablar engaño” (Salmo 34:13), mientras Proverbios nos dice: “El que guarda su boca y su lengua, su alma guarda de angustias” (Proverbios 21:23). Nuestras palabras, por lo tanto, no son simplemente sonidos que desaparecen una vez pronunciados. Revelan lo que hay en nosotros y, al mismo tiempo, crean expectativas en la vida de quienes nos rodean.

Proverbios ofrece una imagen especialmente apropiada para describir a quien promete pero no cumple: “Como nubes y vientos sin lluvia, así es el hombre que se jacta de falsa liberalidad” (Proverbios 25:14). La imagen es poderosa: aparecen las nubes, comienza a soplar el viento y todo anuncia que finalmente llegará la lluvia, pero la lluvia nunca llega. Así sucede con la persona que continuamente crea expectativas mediante sus palabras, pero cuyas acciones nunca las satisfacen.

Con el tiempo ocurre algo inevitable: la gente deja de creerle. Puede continuar hablando, prometiendo, explicando y asegurando que esta vez será diferente, pero sus palabras han ido perdiendo valor. La confianza rara vez se destruye por una sola cita olvidada o por un incumplimiento inevitable; normalmente se erosiona poco a poco, cuando comienza a desarrollarse un patrón en el que las palabras y las acciones ya no coinciden.

Nuestra reputación también habla de Yehováh

Para quienes afirmamos pertenecer a Yehováh, este asunto tiene una dimensión todavía mayor, porque no representamos solamente nuestro propio nombre. También llevamos el Suyo delante de quienes nos rodean. Cuando nuestra vida se caracteriza por la honestidad, la responsabilidad y la confiabilidad, los demás pueden reconocer algo del carácter de Aquel a quien afirmamos seguir. Pero cuando somos conocidos por las promesas incumplidas, las excusas constantes, las obligaciones abandonadas o las deudas que no procuramos honrar, el daño no se limita a nuestra reputación personal; nuestro testimonio también resulta afectado.

Yeshúa advirtió que no debemos considerar nuestras palabras como algo insignificante:

De toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado.

Mateo 12:36–37

Esto debería llevarnos a pensar con mayor cuidado en aquello que sale de nuestra boca. Con nuestras palabras prometemos, consolamos, enseñamos, negociamos, bendecimos, corregimos y establecemos compromisos. Aprender a gobernarlas forma parte, por tanto, del desarrollo de un carácter que honre a Yehováh.

¿Qué sucede cuando no podemos cumplir?

Tener integridad no significa que las circunstancias nunca nos obligarán a modificar un compromiso. Las enfermedades, las emergencias, las dificultades económicas, las responsabilidades inesperadas y otras situaciones que genuinamente escapan de nuestro control forman parte de la vida. A veces sencillamente no podremos hacer aquello que sinceramente teníamos la intención de hacer. La verdadera prueba de nuestra integridad puede manifestarse precisamente en la manera como respondemos cuando eso sucede.

Una persona íntegra no espera a que los demás descubran por sí mismos que no pudo cumplir. Se comunica, explica la situación con verdad, pide disculpas cuando corresponde y procura encontrar una solución. Si no puede pagar una deuda en el momento acordado, habla con la persona a quien le debe; si no puede terminar una responsabilidad a tiempo, informa a quienes resultarán afectados, en lugar de desaparecer o guardar silencio, y siempre que sea posible, procura cumplir el compromiso tan pronto como las circunstancias se lo permitan. Asumir responsabilidad cuando fallamos también forma parte de honrar nuestra palabra.

El verdadero peligro, entonces, no está simplemente en fallar alguna vez. Comienza cuando el incumplimiento se convierte en costumbre y las excusas reemplazan a la responsabilidad. Cada promesa que cumplimos fielmente fortalece nuestro carácter y confirma la confianza que los demás han depositado en nosotros. Por el contrario, cada compromiso que abandonamos con ligereza erosiona nuestra credibilidad y hace más fácil tratar la próxima promesa con la misma indiferencia.

Por eso quizá deberíamos detenernos un momento antes de decir: “Te lo prometo”. ¿Puedo realmente hacer lo que estoy diciendo? ¿Estoy dispuesto a asumir el costo de cumplir este compromiso? ¿Estoy dando mi palabra porque verdaderamente tengo la intención de cumplirla, o simplemente prefiero decir: sí, porque resulta más cómodo, que decepcionar a alguien en ese momento diciendo: no?

Tal vez necesitamos prometer menos y cumplir más.

Al final, nuestra palabra adquiere el valor que nuestra conducta le da. Cuando nuestro realmente significa sí y nuestro no significa no, construimos una vida marcada por la confianza. Honramos a quienes nos rodean, fortalecemos nuestro propio carácter y, sobre todo, honramos a Yehováh.

Que nuestra palabra sea digna de confianza, porque el Nombre que representamos también merece ser honrado.

Modern disguises

Los disfraces modernos del Ocultismo

El ocultismo rara vez se presenta como algo malo. Con mayor frecuencia, llega disfrazado de entretenimiento, espiritualidad, desarrollo personal o simple curiosidad. La Escritura nos llama a reconocer el disfraz antes de que sea demasiado tarde.

¿Has notado cuántas series, películas y videojuegos giran alrededor de vampiros, zombis, la brujería e incluso de los gobernadores de las tinieblas mencionados en las Escrituras? En muchas producciones recientes, incluso los vampiros —tradicionalmente presentados como criaturas malignas— se han convertido en protagonistas románticos, nobles o dignos de admiración. Muchos superhéroes —antes modelos de virtud— hoy libran batallas “místicas” que romantizan los poderes de la oscuridad.

El ocultismo ya no se presenta como un peligro, sino revestido de un lenguaje intelectual y atractivo: “energías”, “poderes psíquicos”, “fenómenos paranormales”. Lo que la Escritura identifica como la obra de las huestes espirituales de maldad, nuestra cultura lo presenta como entretenimiento o “ciencia alternativa”. Lo que antes inspiraba temor ahora se presenta como fascinante; lo que antes se reconocía como oscuridad ahora se viste de belleza, romance y heroísmo.

Nada de esto es nuevo. La Escritura revela que estas fuerzas espirituales han estado actuando desde los primeros días de la humanidad.

Una contradicción absurda

Mientras la ciencia y la tecnología alcanzan logros impensados, también aumenta el interés por lo esotérico. Datos recientes muestran que tres de cada diez adultos en Estados Unidos consultan al menos una vez al año la astrología, el tarot o a los adivinos, y alrededor del 27% cree en la astrología (Pew Research Center, mayo de 2025).

Esto no es un fenómeno marginal ni exclusivo de personas sin afiliación religiosa. Ya en 2018, el mismo Pew Research Center informó que seis de cada diez estadounidenses aceptaban al menos una creencia asociada con la llamada “Nueva Era”, como los poderes psíquicos, la energía espiritual presente en los objetos, la reencarnación o la astrología.

Exposición desde la niñez

Desde pequeños muchos hemos estado expuestos a horóscopos, “juegos inocentes” de magia, adivinación, lectura de la mano y otras prácticas similares. Hoy, caricaturas, historietas, videojuegos y películas familiares normalizan la hechicería y otros elementos contrarios a las Escrituras, presentándolos como una diversión inofensiva.

En este contexto también ha surgido WitchTok, una tendencia dentro de TikTok que reúne miles de millones de visualizaciones en videos sobre hechizos, tarot, astrología, cristales “energéticos” y rituales.

Esta tendencia ilustra cómo prácticas que antes permanecían ocultas en libros especializados hoy se presentan como entretenimiento juvenil o como un estilo de vida alternativo. De esta manera, muchos adolescentes y jóvenes consumen estos contenidos sin percibir que los exponen al engaño espiritual y contribuyen a normalizar aquello que la Escritura llama abominación.

Ceremonias públicas y controversias recientes

No se trata solamente de lo que aparece en las pantallas. También eventos públicos de gran alcance han incorporado simbología que muchos espectadores perciben como abiertamente blasfema u ocultista.

En 2024, la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de París incluyó una escena que muchos interpretaron como una representación de La Última Cena de Leonardo da Vinci. Esto provocó fuertes críticas por parte del Vaticano y de numerosos sectores cristianos, mientras que los organizadores lamentaron la ofensa causada y afirmaron que esa no había sido su intención.

Otro ejemplo ampliamente comentado fue la inauguración del túnel de San Gotardo, en Suiza, en 2016. Con más de seiscientos actores, la ceremonia incluyó escenas grotescas, figuras semidesnudas, máscaras demoníacas y la aparición de un “hombre cabra”, personaje asociado por muchos con Bafomet. Aunque los organizadores explicaron que el espectáculo representaba tradiciones alpinas y rendía homenaje a los trabajadores que construyeron el túnel, numerosos espectadores percibieron una simbología satánica inconfundible.

Con el tiempo, el video comenzó a circular en internet atribuyéndose erróneamente a la inauguración del CERN, algo completamente falso. Sin embargo, el hecho real demuestra hasta qué punto el ocultismo ha dejado de permanecer oculto para exhibirse públicamente bajo el disfraz del arte o del entretenimiento.

¿Qué está pasando en el corazón?

C. S. Lewis escribió que existen “dos errores iguales y opuestos respecto a los demonios: negar su existencia o interesarse en ellos de manera enfermiza” (Cartas del diablo a su sobrino).

Nuestra generación parece cometer ambos errores al mismo tiempo. Por un lado, racionaliza y ridiculiza toda realidad espiritual; por otro, consume con entusiasmo prácticas y contenidos que la Escritura identifica como espiritualmente peligrosos.

La voz de la Torá

No sea hallado en ti nadie que haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, ni quien practique adivinación, ni hechicería, ni sortilegio, ni encantamiento, ni médium, ni espiritista, ni quien consulte a los muertos. Porque cualquiera que hace estas cosas es abominable a Yehováh…

Devarim (Deuteronomio) 18:10–12

La instrucción es clara. La curiosidad por “lo oculto” no es inocente; conlleva el riesgo real del engaño espiritual y de las cadenas que este puede producir.

Consecuencias en la vida real

No estamos hablando únicamente de una teoría. La Escritura advierte que estas prácticas exponen a las personas al engaño espiritual.

Muchos hogares han sufrido profundas heridas después de que alguno de sus miembros comenzó a consultar adivinos, practicar rituales o introducir amuletos y otros objetos relacionados con el ocultismo. En numerosos casos, estas prácticas han ido acompañadas de un deterioro en la comunicación, el aumento de los celos, el temor, la agresividad verbal e incluso la violencia, aunque pocas personas relacionan esos cambios con aquello que comenzó como una curiosidad aparentemente inofensiva.

El llamado para hoy

Discierne y apártate. No sigas la moda que el mundo celebra. Si la Escritura llama abominación a una práctica, no la disfraces de “ciencia”, “bienestar” o “autoayuda”.

Cierra toda puerta al ocultismo. Si en tu vida o en tu hogar existen objetos dedicados a estas prácticas o participas en actividades como el tarot, las limpias, los amuletos, las invocaciones, la astrología o rituales similares, deshazte de ellos. Hechos 19:19 registra que muchos de los que habían practicado la magia quemaron públicamente sus libros después de creer en el mensaje del Mesías.

Llena ese lugar con la Palabra de Yehováh. La obediencia trae luz. La meditación y memorización de las Escrituras, la oración, el ayuno y la comunión con el pueblo de Elohim restauran el orden espiritual en el hogar.

Protege también a los niños. Supervisa los contenidos que consumen, enséñales claramente lo que la Torá establece y modela una fe que no negocia con la oscuridad.

El mundo está normalizando lo oculto, pero el pueblo de Yehováh ha sido llamado a caminar en la luz. No te dejes arrastrar por la corriente. Elige la santidad, aunque eso signifique ir contra la cultura de nuestro tiempo.


Adversity

haSatán – שָׂטָן – El propósito de la Adversidad

Como creyentes en el Creador, tendemos a creer que solamente la “luz”, lo “bueno” y lo “santo” provienen del creador, mientras que las “tinieblas”, lo “malo” y lo “profano” provienen del enemigo; de Satanás.

Si usted creció dentro de la fe cristiana, seguramente estará familiarizado con el concepto de cielo e infiero, así como también “Dios versus el Diablo”. Esto forma parte de un paradigma que se aprende desde pequeño, ya sea por medio de la educación en casa, la escuela, la iglesia, y hasta los programas y películas de televisión.

Lo interesante es que desde una perspectiva netamente hebrea y escritural, podemos llegar a conclusiones totalmente diferentes. O al menos un poco más amplias. Muchos creen que Satanás es el “archienemigo” de Dios, que trata de arruinar los planes del Todopoderoso para llevar al mundo al caos y la destrucción. Una nube de suspenso envuelve el desenlace de la historia y escatología bíblica… ¿Quién ‘ ganará’ la batalla final?

Como creyentes en el Creador, tendemos a creer que solamente la “luz”, lo “bueno” y lo “santo” provienen del creador, mientras que las “tinieblas”, lo “malo” y lo “profano” provienen del enemigo; de Satanás. Pero veamos como era la concepción de lo bueno y lo malo en tiempos de Isaías el profeta:

Yo soy Yehováh, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí. Yo te ceñiré, aunque tú no me conociste, para que se sepa desde el nacimiento del sol, y hasta donde se pone, que no hay más que yo; yo Yehováh, y ninguno más que yo, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo Yehováh soy el que hago todo esto. (Is 45:5-7)

Para muchos, este pasaje de Isaías es recibido con gran sorpresa y hasta un poco de decepción. ¿Porqué el Creador del universo, de quién proviene todo lo que es bueno, ha creado tinieblas y adversidad? 

Espero que al final de este artículo, tenga una mejor idea acerca de esto.

Tal vez la mayor diferencia entre el “Satanás del cristianismo” y el concepto del satán hebreo, es que el satán hebreo no precisa escribirse con mayúscula. En otras palabras, hasatán (el satán) no es una persona. Es un principio que puede ser aplicado a cualquier persona o cosa, así como también es un verbo que hasta puede conjugarse.

En las escrituras, existe lo que llamamos la “regla del primer uso”. Esto significa que cuando encontramos una palabra que aparece por primera vez, el significado de la misma de acuerdo al contexto, nos dará la pauta de qué es lo que esta palabra nos quiere decir. Veamos la primera instancia en donde encontramos la palabra שָׂטָן (satán).

Así Balaam se levantó por la mañana, y enalbardó su asna y fue con los príncipes de Moab. Y la ira de Dios se encendió porque él iba; y el ángel de Yehováh se puso en el camino por adversario (satán)  suyo. Iba, pues, él montado sobre su asna, y con él dos criados suyos. (Números 22:21-22)

Podemos ver claramente en este episodio de Balaam, que el mismísimo angel de Yehováh es quien es llamado “satán”. Y esto no es debido a que este sea quien es conocido en el cristianismo como “Satanás”, sino a la función que este angel estaba cumpliendo. Este angel se puso en el camino para obstruir el paso de Balaam y su asna. Es por eso que esta palabra fue traducida simplemente como “adversario”.

En el siguiente versículo dice:

Y el ángel de Yehováh le dijo: ¿Por qué has azotado tu asna estas tres veces? He aquí yo he salido para resistirte, porque tu camino es perverso delante de mí. 

Las palabras “para resistirte” en el hebreo son literalmente “como satán”. “Yo he salido como satán”. Como un obstáculo, como un adversario.

En el primer libro de Samuel 29:4, los filisteos temen llevar a David a la batalla porque creen que el se puede convertir en un satán (traducido “enemigo”) contra ellos. En el segundo libro de Samuel 19:22, David llama a los hijos de Sarvia “satán”, en este caso traducido como “adversarios”.

En el primer libro de los Reyes 11:14, Yehováh mismo prepara un “satán”, un adversario, contra el rey Salomón.

Podemos observar en todos estos ejemplos un común denominador, que está relacionado con un principio negativo. Y no me refiero a negativo en el sentido de inherentemente malo, sino en el sentido de lo opuesto al principio positivo. La polaridad opuesta. Imagínese cómo funciona la electricidad, o una simple batería; la energía positiva no fluye a menos que haya una negativa.

Imagínese otro escenario: cuando uno levanta pesas, es la misma resistencia, aquello que nos “tira para abajo”, precisamente lo que nos hace mas fuertes. Si el Creador creó este principio negativo denominado satán, no es para que suframos sin razón, sino para fortalecernos en la adversidad.

Todos queremos vivir una vida sin adversidad y sin problemas, pensando que ese tipo de vida es justamente la que nos trae complacencia. Sin embargo, es cuando nos encontramos en la adversidad que nos arrodillamos ante el Creador y sacamos coraje y valentía para sobreponernos a todo obstáculo. Y esto, al fin y al cabo, es lo que nos llevará a convertirnos en la persona que fuimos designados a ser.


Oye Israel

Aclarando la Confusión de “Amar a Dios”

Muchos creyentes dicen que aman a Dios. Pero, cómo define Dios el amor? El Shemá ofrece una respuesta que puede transformar tu manera de caminar con Yehováh cada día.

Oye, Israel: Yehováh nuestro ‘Elohim, Yehováh, uno es.

Amarás a Yehováh tu ‘Elohim con todo tu corazón, con toda tu alma, y con todas tus fuerzas.

Estas palabras que te ordeno hoy, han de permanecer sobre tu corazón, y las inculcarás a tus hijos, y hablarás de ellas sentado en tu casa, andando por el camino, al acostarte y al levantarte. Las atarás como señal sobre tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos. Y las escribirás en las jambas de tu casa y en tus puertas.

 Deuteronomio 6:4-9

Esta porción ha sido memorizada por cada Israelita a lo largo de la historia, hasta el presente.  Es lo primero que dicen al levantarse y lo último que dicen al acostarse cada día (lo cual es una excelente manera de tener presente el mandamiento). Constituye también las últimas palabras de un moribundo; tal es su importancia.

Cuando en ésta porción se nos habla de amar, no se refiere a las expresiones sentimentales que acostumbramos a proferir a quienes son objeto de nuestro afecto. Amar, como lo aclaró Yeshúa es obedecer: Juan 14:21,23:

El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama…

…Si alguno me ama, guardará mi palabra…

Y en esta porción de Devarim (Deuteronomio), conocida como El Shemá, se nos dice cómo obedecer: con todo nuestro corazón y con todo nuestro ser y con todas nuestras fuerzas!  Entonces cabe la pregunta: ¿Tiene esas características nuestra obediencia? Porque esa expresión de amor es la que Yehováh espera de nuestra parte, más que danzar y gritar:  “te amo, te amo, te amo” al ritmo de cualquier música, como si fuera un mantra oriental en una reunión o a solas; expresiones que no son del todo reprobables, pero que son totalmente insuficientes.

La obediencia a las Instrucciones, o Toráh, entregada por Yehováh, es la única garantía para mantenernos en el camino estrecho y lograr pasar por la puerta también estrecha, que conduce al Reino, ¡y qué pocos son los que la hallan!

Quizás te preguntas cuáles mandamientos debes obedecer. Y la respuesta es: todos los que halles en la Palabra y que se apliquen a tu condición

Solo los mandamientos rituales, perdieron su vigencia por cuanto estos eran temporales entre tanto el Mesías llegaba para entregarse como sacrificio voluntario; por eso Yehováh permitió la destrucción del Templo en el año 68 D.C. y no ha permitido su reconstrucción durante casi 2000 años, (desde que se entregó la Ley, este es el período más largo que el Templo ha permanecido destruido). Sin embargo todos los demás mandamientos mantienen su vigencia: Festividades, memoriales y todos los que tienen que ver con nuestras relaciones con Yehováh y con nuestros semejantes y con el cuidado de la Creación. Los mandamientos de Yehováh no son gravosos y nunca han sido considerados una maldición ni una carga para su pueblo. 

La segunda parte del Shemá, nos entrega una gran responsabilidad: Educar, instruir, enseñar a las nuevas generaciones las maravillas de Yehováh. El libro de los Salmos declara:

Yehováh estableció un decreto en Ya’akov (Jacob), ordenó una Toráh en Isra’el; encargó a nuestros padres que la diesen a conocer a sus hijos; para que la conozca la generación futura, los hijos que han de nacer, para que los que se van levantando la cuenten a sus hijos; para que pongan en Elohim su confianza y no olviden las obras de ‘El (Dios) sino que observen sus mandamientos; para que no sean como sus padres, generación terca y rebelde, generación de corazón inconstante y cuyo espíritu fue desleal a ‘El.

Salmo 78:5-8

Esta porción confirma la tarea que tenemos por delante con nuestros hijos. Es una responsabilidad que debe ser cumplida por los padres, NO POR LOS PASTORES! y mucho menos por los maestros de las escuelas. El diseño de Yehováh  para la familia no ha variado: El varón debe estar sujeto a Yeshúa, quien le dirige para proteger a su familia en todos los aspectos. Esto incluye: Provisión espiritual y física, consejo, disciplina, instrucción en los aspectos de la vida, modelaje, y todo lo que necesiten quienes están bajo su autoridad, para ayudarles a cumplir el propósito que Yehováh tiene para ellos.

¿No sabes cómo hacerlo? Comienza por apartar el Shabbat; este es precisamente el tiempo que Yehováh nos concede para ser empleado primeramente en estar con Él y luego con nuestra familia para conocerla y equiparla para los días que vienen.

Será precisamente durante ese tiempo semanal, es decir los Shabbats que nuestras mentes se irán abriendo a la Luz de la revelación que procede de nuestro Padre y Creador; entonces creceremos en la obediencia y espontánea y de todo corazón, dando cumplimiento a las palabras del Shemá:

Amarás a Yehováh tu ‘Elohim con todo tu corazón, con toda tu alma, y con todas tus fuerzas…