Pareja cenando

Un Pueblo que clama, pero… ¡no se arrepiente!

Hoy se clama por la economía, por la violencia, por las guerras, por la corrupción y por la inseguridad. Pero pocos claman por haber abandonado los caminos del Creador. Se pide alivio, mas no transformación.

Estos son tiempos en que la gente se queja mucho, pero no se arrepiente de sus acciones erradas. Ora (reza) cuando hay crisis, ayuna cuando hay miedo y hasta “busca a Dios” cuando el dolor llega. Pero cuando la tormenta pasa, todo sigue igual. La porción Bíblica de esta semana nos muestra esta realidad desde el inicio.
Éxodo 2:23 dice que los hijos de Israel clamaron por causa de su servidumbre, y su clamor subió al Yehováh. Pero el texto no dice que se arrepintieron. Clamaron por el dolor, mas no por su pecado. Querían salir de Egipto, pero Egipto vivía dentro de ellos.

Esta es una verdad incómoda en nuestros días. Hoy se clama por la economía, por la violencia, por las guerras, por la corrupción y por la inseguridad. Pero pocos claman por haber abandonado los caminos del Creador. Se pide por alivio, mas no por transformación.

La Escritura está llena de ejemplos similares. En tiempos de los jueces, el pueblo clamaba cada vez que era oprimido. Yehováh los libraba, pero luego volvían a hacer lo malo. No había arrepentimiento verdadero, solo oraciones de emergencia. El ciclo se repetía una y otra vez.

Otro ejemplo es el pueblo de Israel en tiempos del profeta Jeremías. Clamaban en el templo diciendo: “¡Templo de Yehováh!”, pero seguían practicando injusticia, idolatría y pecado. Pensaban que las palabras religiosas los protegerían, pero el Todopoderoso no se deja engañar. El Creador fue claro en 2 Crónicas 7:14:

“Si se humilla mi pueblo… y se convierten de sus malos caminos, entonces Yo oiré desde los cielos”.

El problema no es la falta de oración. El problema es la falta de humillación y arrepentimiento.

Hoy muchos quieren que Yehová cambie las circunstancias, pero no quieren que los cambie a ellos. Se busca la mano del Altísimo, pero no su corazón. Se quiere bendición sin obediencia.

No estamos viviendo tiempos normales. El clamor sin arrepentimiento no detendrá el juicio ni traerá restauración.

El llamado es claro: volvernos al Creador, confesar nuestros pecados, abandonar los caminos torcidos y obedecer Su voz. No basta con clamar; es tiempo de hacer teshuvá.

Yehováh no responde al ruido, responde al corazón quebrantado. Hoy es el día para dejar de clamar desde nuestro “Egipto” y comenzar a arrepentirnos genuinamente delante de Yehováh.

Shalom.


Feliz Año Nuevo

De Babilonia al Año Nuevo

El concepto de un año nuevo es mucho más antiguo que el calendario moderno que utilizamos hoy en día, y sus orígenes están arraigados en la agricultura, la astronomía, los imperios y la teología.

Cada año, millones de personas en todo el mundo celebran la llegada de un “año nuevo” el 1 de enero, a menudo sin detenerse a hacer una pregunta sencilla pero importante: ¿por qué esta fecha y de dónde proviene? El concepto de un año nuevo es mucho más antiguo que el calendario moderno que utilizamos hoy en día, y sus orígenes están arraigados en la agricultura, la astronomía, los imperios y la teología. Para comprender qué es lo que realmente estamos celebrando, es necesario alejarse de las suposiciones modernas y examinar cómo las diferentes civilizaciones entendían el tiempo, cómo el 1 de enero se convirtió en el punto de partida civil del año y cómo esto contrasta con el marco bíblico establecido en las Escrituras.

Yosef no asimilado

Y Tú… ¿Ya fuiste asimilado?

Yosef no fue el primero en enfrentarse al problema de la asimilación cultural, venciéndolo con éxito.

Ante todo, precisemos la expresión: Asimilación Cultural. Es el proceso mediante el cual una persona o grupo adopta, de manera parcial o total, las costumbres, valores, normas, idioma y comportamientos de otra cultura, a menudo dominante o diferente a la suya. Este proceso puede ser voluntario, como una forma de integración, o resultado de presiones sociales, económicas o políticas. Aunque facilita la convivencia y la adaptación en un nuevo entorno, también puede implicar la pérdida o dilución de la identidad cultural original.

Yosef en Egipto

Yosef no fue el primero en enfrentarse al problema de la asimilación cultural, venciéndolo con éxito. Abraham, Yitsjak (Isaac) y su padre Israel (Ya’akov), habían sido capaces de mantener su identidad y su lealtad a Yehováh, a pesar de estar rodeados de gente pagana.

¡Ahora Yosef estaba solo! Por supuesto que Yehováh estaba con él; pero no había nadie más de su familia; sin embargo fue capaz de mantener sus valores y su confianza en ‘El, Elohim de sus padres, lo cual se hace evidente cuando les dice a sus hermanos durante su primer encuentro después de 17 años:

Yo temo a Elohim (Dios) Genesis 42:18

Yosef no solo no había asimilado, sino que influyó en quienes estaban cerca de él, lo cual es evidente cuando en el segundo viaje, al retornar el dinero al siervo de Yosef, este lo recibe y dice a sus hermanos:

Paz a vosotros, no temáis.  Vuestro ‘Elohim, el ‘Elohim de vuestro padre os dio un tesoro escondido en vuestros costales; vuestra plata llegó a mi. Génesis 43:23.

Así a pesar de que Yosef lucía externamente como un egipcio, hablaba la lengua egipcia y tenía un nombre egipcio: Tsafnat Panéaj, nunca dejó de ser Yosef, el hijo de Ya’akov. Pensemos: una vez establecido en Egipto, Yosef podría haberse olvidado de su familia y de sus creencias; después de todo, le habían rechazado fríamente vendiéndolo como si no fuera de la familia; sin embargo, mantuvo su identidad.  Esta convicción, es lo que dirige las acciones de Yosef aún respecto de su familia.

¿Y tú, ya te asimilaste?

No eres del mundo; porque fuiste “sacado de Egipto” cuando aceptaste someterte a Yeshúa el Mesías. Pero…  si vistes siguiendo la moda del mundo, hablas como cualquier persona del mundo, comes lo que todo el mundo come, tus metas son las que establece el mundo (dinero, buen nombre y poder), si la manera en que haces tus negocios es la misma del mundo que te rodea y además celebras las fiestas del mundo y sus tradiciones entonces, la respuesta es un lamentable SI. ¡HAS SIDO ASIMILADO!

Maccabees

La Prueba Macabea: Fe Bajo Presión

Para algunos no es evidente, que la presión de la sociedad y el sistema del mundo, actualmente nos están llevando a una situación similar a la de los Macabeos.

Por estos día celebramos Janucá; la Fiesta principalmente hace memoria de la victoria que Yehováh otorgó a nuestros padres cuando los ejércitos griegos invadieron Judea y quisieron eliminar todo vestigio de la Toráh y de su influencia en el pueblo de Israel, profanando el Templo y obligando a la gente a abdicar de su obediencia a la Toráh.

Pero una familia, la de Sh’món Macabeo, se levantó y lideró un pequeño ejército que derrotó la enorme máquina militar de los griegos; posteriormente llevaron a cabo la re-dedicación del Templo, para limpiarlo de toda contaminación, y así se estableció que anualmente se hiciera memoria de todos estos hechos en las generaciones por venir.

Vale la pena aclarar, que hay una leyenda respecto a la multiplicación milagrosa del aceite para mantener encendida la Menorá del Templo tras su purificación en aquél tiempo, y que da origen a la tradición del encendido de un candelabro de nueve brazos llamado hanukia. Según los rabinos debe seguirse un orden inventado por ellos para encender las velas cada día, recitando ciertas plegarias en el momento indicado.

Lamentablemente, esta tradición ha desplazado la verdadera razón de la celebración, que debe ser el valor, la decisión, el compromiso, la bravura, y la dependencia total de Yehováh de los Macabeos, para vencer a los enemigos que amenazaron su libertad y sus creencias.

¿Qué de Yeshúa?  

Yeshúa participó en esta Fiesta de la Dedicación, tal como lo nos relata el Evangelio según Juan. Sin embargo al ignorar la conexión de esta festividad con la historia de los macabeos, perdemos totalmente el sentido de responsabilidad y compromiso que Yeshúa tenía con su cultura y las tradiciones de su pueblo.

Entonces cabe preguntarnos… ¿Estamos en condiciones similares hoy?

Para algunos no es evidente, aunque la presión de la sociedad y el sistema del mundo, actualmente nos están llevando a situaciones similares. Ahora bien, antes tales presiones podemos asumir una de tres posiciones:

  1. Abiertamente transgredir la Toráh, con una actitud desafiante, alegando que tales Instrucciones no me conciernen.
  2. Ignorar la Toráh y sus exigencias, pensando en que quizás ya no es relevante para hoy y resulta muy fanático obedecerla.
  3. Tomar partido por la obediencia que corresponde a un hijo de Yehováh, actuando como lo hicieron los Macabeos.

Estos son tiempos que ponen a prueba nuestras convicciones; la presión irá en aumento y nos veremos obligados a asumir una de las tres posiciones mencionadas. Tú… ¿Qué harás?


Esau y Jacob 25

Viendo la Vida como la vio Jacob

Piénsalo bien:
¿Qué hombre rico, en su lecho de muerte, no entregaría toda su fortuna por un año más de vida?
¿O por una sola semana?
¿Quién cambiaría salud por dinero? Nadie.

Ya’akov vio a su hermano Esav por primera vez después de muchos años de vivir escondido. En su juventud, Esav ardía en enojo, creyendo que Ya’akov le había robado la primogenitura. Ahora, al reencontrarse, Ya’akov trató de ofrecerle parte de su rebaño como un gesto de paz. Esav rechazó la ofrenda y dijo:

Tengo abundancia, hermano mío; quédate con lo tuyo.”
Pero Ya’akov respondió: “No, por favor… acepta mi regalo, porque ver tu rostro benévolo es como ver el rostro de ’Elohim. Toma este presente que he traído para ti, porque ’Elohim me ha favorecido y yo tengo todo.

Génesis 33:9–11

Una lección de vida

Hay un contraste enorme entre lo que Esav quiso decir con “tengo abundancia” y lo que Ya’akov expresó cuando declaró: “yo tengo todo.”

Esav, enfocado en las posesiones materiales, hablaba en términos cuantitativos. Para él, abundancia significaba tener mucho. Su identidad dependía de lo que poseía. Si algún día perdía sus bienes, sentía que ya no tendría nada.

Ya’akov, sin embargo —rodeado de su familia y consciente del favor de Yehovah— podía decir con certeza: “Yo tengo todo.”

Porque lo esencial —vida, salud, familia, propósito— no se compra con dinero. Son regalos del Altísimo.

Por generaciones, los sabios han repetido esta verdad, pero seguimos luchando por aceptarla. Pregunta a cualquier anciano por sus mayores arrepentimientos: casi siempre mencionarán no haber pasado más tiempo con su familia, no haber cuidado su salud, no haber valorado las pequeñas bendiciones de cada día. Nunca verás una lápida que celebre logros financieros o empresariales. Las que hablan, honran a la persona como esposo, esposa, padre, madre, hermano o amigo. Y cuando esas virtudes faltaron, la piedra simplemente calla.

La sociedad aplaude el éxito material, pero ese no es el criterio con el que se evalúa una vida… ni ante los hombres, ni ante Yehovah.

El éxito profesional es bueno y, en muchos casos, necesario. Yehovah nos diseñó para crecer, producir y avanzar. Pero ignorar lo que es invaluable hasta que se pierde es una tragedia. Ya’akov sabía que tenía “todo” porque lo más importante seguía firme.

Piénsalo bien:
¿Qué hombre rico, en su lecho de muerte, no entregaría toda su fortuna por un año más de vida?
¿O por una sola semana?
¿Quién cambiaría salud por dinero? Nadie.

Sin embargo, muchos viven como si no tuvieran nada porque ven la vida con los ojos de Esav: siempre enfocados en lo que falta, nunca en lo que ya tienen.

Si mides tu vida como Esav, vivirás frustrado. Pero si abrazas la perspectiva de Ya’akov, descubrirás que, en lo que verdaderamente importa, ya tienes todo.

Reflexión devocional

Tómate hoy un momento de honestidad.
Reflexiona sobre lo que Yehovah ya puso en tus manos: tu vida, tu salud, tu familia, tu fe, tu propósito. No lo des por sentado. No permitas que la cultura defina qué significa “tener”.

Ora así:
Yehovah, abre mis ojos para reconocer la verdadera riqueza. Líbrame de la mentalidad de Esav, que fija la mirada en lo que falta. Forma en mí el corazón de Ya’akov, que reconoce tu favor y sabe que Contigo lo tiene todo.

Y mañana, cuando despiertes, graba esta convicción en tu alma:
“Tengo todo, porque Yehovah está conmigo.”

Sembrador

Una ley universal que se cumplirá, tarde o temprano

Si tratamos a los demás conforme a los Mandamientos, Estatutos, Leyes y Ordenanzas de Yehovah, eso mismo regresará a nosotros.

La Escritura relata que desde su nacimiento, Ya’akov mostró un impulso por adelantarse a su hermano. Aunque nació de segundo, salió aferrado al talón de Esaw (Génesis 25:26). Por esto recibió el nombre de “suplantador” (Génesis 27:36).

Pero vale preguntarnos:
¿Influyó ese nombre en su carácter?
¿O simplemente reflejaba algo que ya estaba en su interior?

Cuando Esav (Esaú) perdió la bendición, acusó a su hermano de haberle “robado” la primogenitura. Sin embargo, eso no era cierto. Él mismo la entregó voluntariamente, mediante un trato justo, sin engaño alguno.
Años después, el verdadero problema surgió cuando, con ayuda de su madre, Yaaqov se hizo pasar deliberadamente por Esaw para recibir la bendición que —aunque ya era suya por el acuerdo previo— obtuvo mediante engaño.

Lo interesante es que, con el tiempo, Ya’akov cosechó lo mismo que sembró.

Su tío Laván le prometió a Rajel como esposa, pero en la noche de bodas le dio a Leah. Lavan quebrantó el pacto, lo engañó, y Ya’akov terminó siendo víctima del mismo tipo de suplantación que él había cometido años antes.
Durante los años que trabajó bajo Lavan, este le cambió el salario en repetidas ocasiones, siempre buscando la ventaja.

Más adelante, cuando ya vivía en Canaán, el engaño llegó una vez más a su casa: sus propios hijos vendieron a Yosef como esclavo y mentieron al respecto. Mojaron su túnica en sangre de un cordero—sangre que suplantó la de Yosef—para hacerle creer a su padre que una bestia lo había devorado.
Aquella mentira fue el último fruto maduro de una siembra larga y dolorosa.

Rajel también sembró semillas equivocadas. Al robar los ídolos de su padre y mentir al respecto, quedó bajo la maldición que Ya’akov mismo declaró:

Aquel con quien halles tus dioses, ¡que no viva!

Génesis 31:32

Tiempo después, Rajel murió prematuramente en el camino a Canaán mientras daba a luz a Binyamín. Fue un golpe devastador para Ya’akov, pues ella era su esposa amada.

Todo esto nos enseña algo muy claro:

La vida es una escuela divina. Entramos en ella al nacer y, con cada etapa, Yehováh nos pone lecciones que forman nuestro carácter. Si no aprobamos una, la repetimos hasta aprenderla. Y al final de nuestra vida, el tipo de persona que somos revela qué tanto dejamos que Él nos moldeara.

En el caso de Ya’akov, cada prueba lo llevó a convertirse en un hombre íntegro, sabio, humilde, paciente y quebrantado—exactamente el instrumento que Yehováh necesitaba para ser padre de quienes formarían las Doce Tribus de Israel.

Esta Ley sigue activa hoy

El universo que creó nuestro Padre Yehovah funciona bajo leyes inquebrantables. Él las estableció, y no fallan.

Lo que sembramos, es lo que cosecharemos.

Si sembramos egoísmo, eso mismo recibiremos.
Si sembramos resentimiento, cosecharemos conflicto.
Si sembramos engaño, mentira o traición, tarde o temprano enfrentaremos esas mismas cosas.

Pero la otra cara de la moneda también es cierta.

Quien siembra compasión, generosidad, perdón y misericordia, encontrará esos mismos frutos en su camino. Por eso Yehovah nos advierte con firmeza:

Pongo hoy delante de vosotros la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia— amando a Yehováh tu Dios, escuchando su voz y permaneciendo fiel a Él. Porque Él es tu vida…

Deuteronomio 30:19–20

En otras palabras:
Si tratamos a los demás conforme a los Mandamientos, Estatutos, Leyes y Ordenanzas de Yehovah, eso mismo regresará a nosotros.

Shaúl lo reafirma de manera contundente:

“No os engañéis; Yehovah no puede ser burlado:
todo lo que el hombre siembre, eso cosechará.
…No nos cansemos de hacer lo bueno, porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos.”

Gálatas 6:6–10

Y el autor del Eclesiátés añade:

Echa tu pan sobre las aguas, y después de muchos días lo hallarás.
Reparte a siete, y aun a ocho, porque no sabes el mal que vendrá sobre la tierra.

Eclesiastés 11:1–2

La elección siempre ha sido nuestra.
Si hemos sembrado mal y estamos cosechando dolor, todavía estamos a tiempo de cambiar la semilla.

Sembremos lo correcto. Sembremos lo que agrada a Yehovah.
Y cuando llegue la temporada, cosecharemos vida y bendición… si no desmayamos.

Man praying to God

Restaurando la Conexión entre el Cielo y la Tierra

El problema de nuestra generación es que ignora esta realidad: Dios está presente, pero no lo sabe porque está distraída.

La historia de la escalera de Jacob es una de las escenas más profundas y hermosas de toda la Escritura. Jacob está huyendo, solo, cansado y con incertidumbre. No tiene una casa fija, no tiene protección, y no sabe qué pasará después. Pero en medio de esa vulnerabilidad, Yehováh se le revela de una manera sorprendente: Jacob ve una escalera que conecta la tierra con el cielo, y ángeles subiendo y bajando por ella.

Este momento no es solo una visión mística. Es un mensaje que el Altísimo está enviando no solo a Jacob, sino a todos nosotros: Dios no está lejos. El cielo sigue conectado con la tierra. La presencia divina aún toca nuestra realidad.

En un tiempo como el nuestro, donde la gente se siente desconectada espiritualmente, donde muchos viven con ansiedad, soledad, o confusión, el mensaje de esta visión es más necesario que nunca.

Jacob durmió en un lugar común, usando una piedra como almohada. No era un sitio “espiritual”, no era un templo, no había música ni un ambiente especial. Era simplemente un espacio vacío en medio del camino.

Sin embargo, allí Yehováh, el Todopoderoso le habló.

Esto nos recuerda que Yehováh no solo se manifiesta en lugares “especiales”, sino en lo cotidiano:

  • En un cuarto simple,
  • En un momento de cansancio,
  • O en medio de la incertidumbre.

Yehováh no se limita a templos o ceremonias. Él se acerca a la vida real, tal como lo hizo con Jacob.

La escalera no era un símbolo cualquiera. Representaba algo que la humanidad había perdido desde el Edén: la conexión directa con lo celestial.

El mensaje es claro: El cielo sigue abierto. La comunicación con el Altísimo no está cerrada.

En tiempos modernos, esa conexión parece haberse debilitado. Vivimos rodeados de pantallas, ruido, redes sociales, distracciones, agendas llenas y mentes cansadas. La espiritualidad se ha vuelto un concepto lejano para muchos. Pero la visión de Jacob nos recuerda que el cielo nunca se cerró; somos nosotros los que hemos dejado de mirar hacia arriba.

Los ángeles subían primero y luego bajaban. Esto muestra que el Altísimo siempre está obrando, organizando, moviendo, enviando ayuda, protegiendo, guiando.

Aunque Jacob no lo veía, aunque él pensaba que estaba solo, el mundo espiritual estaba activo.

Hoy vivimos en una sociedad que solo confía en lo que ve, lo que siente, o lo que la ciencia puede medir. Sin embargo, la visión nos enseña que existe un movimiento invisible del Creador trayendo propósito, orden y protección. Aunque no lo sientas, Dios está obrando. Aunque no lo veas, Él sigue moviendo piezas a tu favor.

La historia no termina con la escalera. Jacob despierta y dice: “Ciertamente Yehováh está en este lugar, y yo no lo sabía”.

Ese es el problema de nuestra generación: Dios está, pero no lo sabemos porque estamos distraídos.

Restaurar la conexión significa: hacer silencio, volver a la oración, estudiar la Palabra, invitar a Yehováh nuestro Creador a todas las áreas de nuestra vida, y vivir con conciencia de Su presencia. No se trata de rituales complicados, sino de volver a una relación viva y real con el Altísimo.

Para Jacob, esta visión fue un antes y un después. Marcó su identidad, su camino, y su relación con Dios. Entendió que no caminaba solo y que el propósito divino seguía en pie.

Hoy, nosotros necesitamos esa revelación nuevamente: el cielo no está lejano, está tocando la tierra. Yehováh nuestro Padre, no está distante, está cerca; no ha dejado de hablarnos, somos nosotros quienes necesitamos abrir el corazón.

La escalera de Jacob es una invitación para volver a escuchar, volver a mirar hacia arriba, volver a restaurar la conexión con lo eterno. Es un recordatorio de que, aun en medio del cansancio o de la incertidumbre, el cielo sigue abierto y Dios sigue cerca.

¡Shalom!