De Babel a Roma

De Babel a Roma: Cómo las Fiestas Paganas se Infiltraron en la Iglesia

El culto a Tammuz no fue solo una leyenda antigua; era tan real que llegó a corromper al mismo pueblo de Israel, de lo cual dio testimonio profeta Ezequiel cuando dijo:

“Y me llevó a la entrada de la puerta de la Casa de Yehováh… y he aquí mujeres que lloraban a Tammuz.”

Génesis 11:1-9 nos narra el juicio en Babel, a causa de la arrogancia y rebeldía de Nimrod, quien, según fuentes extrabíblicas, fue muerto por Sem, el hijo mayor de Noaj.

Después de su muerte, Semíramis, esposa de Nimrod, lo declaró como el dios sol y afirmó que sus rayos la habían embarazado. De ese supuesto embarazo nació Tammuz, con quien más tarde se casó, alegando que él (su propio hijo), era la reencarnación de Nimrod.

Tammuz murió a los cuarenta años tras ser embestido por un jabalí (cerdo salvaje), y tiempo después también murió Semíramis.

Aunque las Escrituras describen a Nimrod como “poderoso cazador delante de Yehováh” (Génesis 10:8–9), los detalles sobre Semíramis y Tammuz provienen de antiguas tradiciones mesopotámicas y relatos extrabíblicos, recogidos siglos después en textos históricos. Autores como Eusebio, Justino y, más recientemente, Alejandro Hislop* en su obra Las Dos Babilonias, documentaron la conexión entre los cultos de Babel y las festividades religiosas posteriores, especialmente las adoptadas por Roma.

De Astarté a Easter

Los seguidores de Semíramis afirmaron que ella regresó a la tierra dentro de un huevo gigante que cayó a orillas del río Éufrates, transformada en la diosa de la fertilidad, representada por una mujer con múltiples pechos desnudos.

Desde entonces recibió el nombre de Astarté, conocida en Mesopotamia como Ishtar, en Canaán como Ashtoret, y más tarde en el mundo occidental como Easter. Este último nombre se usa en referencia a la Pascua y es causa demucha confusión en el mundo de habla inglesa.

Todas estas versiones representan lo mismo: el culto a la fertilidad, la sexualidad y la naturaleza, en abierta oposición al mandato del Creador. Según la tradición, al salir del huevo, Ishtar convirtió un ave en un conejo que ponía huevos; de allí proviene la costumbre de esconder huevos decorados durante la celebración de Easter (Pascua) en primavera.

Hoy, muchas iglesias —sin comprender el trasfondo de esta práctica— invitan a los niños a buscar y pintar huevos de colores, sin saber que representan antiguos símbolos de fertilidad pagana.

El ayuno a Tammuz y la falsa “vigilia”

Por su parte, los seguidores de Tammuz observaban un ayuno parcial de cuarenta días (la cuaresma), antes de la celebración de Easter, absteniéndose de ciertos alimentos para que Tammuz los disfrutara en el más allá.

Al finalizar la cuaresma comían jamón de cerdo en memoria del animal que causó su muerte.

De esta costumbre pagana pudo haber surgido la práctica impuesta por la Iglesia Católica, que ordena a sus fieles abstenerse de carne roja los viernes de cuaresma y consumir solo pescado, llamando erróneamente a esto “vigilia”.

Sin embargo, en las Escrituras el término vigilia no se refiere a abstenerse de carne, sino a períodos nocturnos de oración y guardia (Éxodo 14:24; Lucas 2:8). Por tanto, el uso religioso que se le da hoy es ajeno al contexto bíblico original.

Tammuz en la Biblia

El culto a Tammuz no fue solo una leyenda antigua; llegó a corromper al mismo pueblo de Israel.

El profeta Ezequiel fue testigo de ello:

Y me llevó a la entrada de la puerta de la casa de Yehováh… y he aquí mujeres que lloraban a Tammuz.

— Ezequiel 8:14

Este texto revela que la idolatría babilónica penetró hasta el corazón del templo, provocando la ira divina.

Así comenzó un ciclo de contaminación espiritual que se repetiría una y otra vez en la historia del pueblo de Dios.

De Babel a Roma: la raíz común de las religiones paganas

Muchas religiones paganas tienen su origen en Babilonia (Babel).

Tras el juicio de Yehováh y la confusión de las lenguas, los cultos de Nimrod y Semíramis se dispersaron por todo el mundo, cruzando fronteras de tiempo y cultura.

Por eso hallamos civilizaciones tan diversas como los incas, aztecas, chibchas, celtas o japoneses, rindiendo culto al sol bajo diferentes nombres y formas.

Este mismo espíritu babilónico alcanzó a la iglesia romana, que conservó muchas de esas celebraciones, pero mezcladas con el culto cristiano, de modo que pasaran desapercibidas.

Así, sus fieles las practican ingenuamente, pensando que honran a Yeshúa el Mesías, cuando en realidad repiten costumbres que Él mismo prohibió:

No haréis como hacen en la tierra de Egipto, en la cual morasteis, ni haréis como hacen en la tierra de Canaán, adonde Yo os estoy conduciendo. No seguiréis sus costumbres.

— Levítico 18:3

El llamado profético a salir de Babilonia

Ignorando este mandamiento, incluso muchas iglesias cristianas modernas, que se jactan de haber retornado a la verdad tras la Reforma del siglo XVI, mantienen tradiciones de origen babilónico sin percatarse de su efecto contaminante y degradante.

Yehováh, sin embargo, sigue haciendo el mismo llamado que en tiempos de Avraham:

¡Salid de Babilonia, huid de los caldeos!

— Isaías 48:20

Salgamos, pues, a Él fuera del campamento, llevando su oprobio.

— Hebreos 13:13

No es un simple llamado a cambiar de iglesia o doctrina, sino una invitación a salir del sistema de Babilonia —un sistema espiritual que abarca  tanto a la religión organizada, como a las tradiciones humanas, costumbres culturales, y aun los lazos familiares, cuando se oponen a la verdad.

Tal como lo fue para Avraham, obedecer esta voz cuesta, pero el resultado es caminar con el Creador en pureza y verdad.

Aplicación actual

Hoy, Babilonia ya no es una ciudad, sino un sistema espiritual global que combina lo sagrado con lo profano, lo santo con lo común.

El libro de Apocalipsis advierte que esta Babilonia moderna embriagaría a las naciones con su idolatría (Apocalipsis 17–18), y que el pueblo del Altísimo debe apartarse de ella antes del juicio final.

El mensaje sigue siendo claro y urgente:

Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas.

— Apocalipsis 18:4

Este llamado no es de fanatismo ni de temor, sino de restauración: regresar al diseño original del Creador, donde Su pueblo vive separado de la contaminación espiritual y celebra únicamente lo que Él ordenó.

El camino no es fácil, pues somos llamados a dejar atrás todo lo que impide nuestra fidelidad a Yehováh.

Porque no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la por venir.

— Hebreos 13:14


* NOTA IMPORTANTE * La obra de Alexander Hislop es una fuente histórica temprana que alertó sobre sincretismo, pero sus afirmaciones han sido objeto de revisión crítica. Por ello, usamos sus conclusiones como punto de reflexión, no como evidencia final.


Como en los dias de Noe

Cómo caminar hoy con Yehováh

Yehováh sigue buscando personas como Noaj: hombres y mujeres que decidan caminar con fe, sin dejarse arrastrar por la corriente del mundo.

Cuando el libro de Génesis menciona los días antes del diluvio, describe una escena oscura: “…la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” (Génesis 6:5). Aquella generación había llegado a un punto en que el bien era despreciado y el mal era celebrado. El Todopoderoso vio la violencia, el engaño y la falta de compasión entre los hombres, y decidió poner fin a una humanidad que había olvidado a su Creador.

Sin embargo, entre toda esa corrupción, se menciona un nombre que brilla: Noaj (Noé). Dice el texto: “Pero Noaj halló gracia ante los ojos de Yehováh.” (Génesis 6:8). En medio de una sociedad perdida, un solo hombre decidió caminar en rectitud. Noaj no fue perfecto, pero vivía con integridad y fe, obedeciendo la voz del Altísimo aunque todos a su alrededor lo consideraran loco.

Hoy vivimos tiempos parecidos. La violencia crece, la mentira se disfraza de verdad, y muchos han perdido el respeto por la vida y por el Creador. Lo que antes era vergonzoso ahora se celebra, y lo que es justo y puro es rechazado. Como dijo el profeta Isaías: “…a los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz…”  (Isaías 5:20). Parece que la humanidad ha regresado a los días de Noaj, cuando los valores estaban invertidos y la corrupción llenaba la tierra.

Pero en medio de todo esto, Yehováh sigue buscando personas como Noaj: hombres y mujeres que decidan caminar con fe, sin dejarse arrastrar por la corriente del mundo. Yeshúa mismo advirtió que “Mas como en los días de Noaj, así será la venida del Hijo del Hombre”. (Mateo 24:37). En esos días, la gente comía, bebía, se casaba y vivía como si nada fuera a pasar. No estaban preparados para el juicio que vendría. Hoy vemos la misma indiferencia: muchos viven sin pensar en el propósito eterno ni en el llamado del Todopoderoso a vivir en santidad.

El apóstol Shaúl -Pablo- también habló de estos tiempos difíciles. Escribió: “… en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos…” (2 Timoteo 3:1–2). Estas palabras parecen describir exactamente nuestra generación. Sin embargo, la respuesta sigue siendo la misma: mantenernos firmes, guardando la fe y caminando en justicia delante del Creador.

Noaj no cambió el mundo entero, pero cambió su destino y el de su familia. Fue un ejemplo de obediencia en un tiempo donde casi nadie escuchaba la voz de Yehováh. Su vida nos enseña que incluso si somos pocos, podemos marcar la diferencia. Podemos ser luz en medio de la oscuridad, esperanza en medio del caos.

El Todopoderoso no ha cambiado. Él sigue observando a la humanidad, buscando corazones dispuestos a vivir con pureza y verdad. En un mundo que se deteriora moralmente, el llamado es claro: caminar con Yehováh. No es a seguir modas, ni la aprobación de los hombres, sino a seguir la voz del Padre.

Así como el arca fue el refugio en los días de Noé, hoy nuestro refugio es Yehováh (Salmo 91:2), quien nos llama a permanecer fieles, porque los tiempos finales se acercan. Seamos como Noaj: obedientes, íntegros y llenos de fe, para que cuando Yehováh mire la tierra (Salmo 33:13-14), encuentre en nosotros a hombres y mujeres que teman a Él y caminen en rectitud y justicia.

¡Shalom!


Caminante perdido 2

Descarriados, mas nunca abandonados

¿Te lo habías preguntado alguna vez?  ¿Quién determinó las fronteras de cada nación y su tamaño? Nuestra mente responde: el hombre con sus guerras de independencia y ambición de conquista. Pero no fue así. Yehováh, nuestro Padre lo hizo! Él actúa como autoridad suprema y absoluta, distribuyendo los pueblos según su plan perfecto.

Las palabras de quien se acerca al final de su vida suelen adquirir un peso especial: recogen experiencias, convicciones y enseñanzas que desea transmitir a quienes permanecerán. En el caso de Moshé, ese legado nace de una vida marcada por su encuentro con Yehováh y por la responsabilidad de conducir a Israel. Vale la pena, por tanto, leer esta porción con atención y pedir la guía del Ruaj HaKodesh, para comprender sus enseñanzas y llevarlas a la práctica.

La importancia de este cántico se anuncia en Deuteronomio 31:19, cuando Yehováh ordena que sea escrito y enseñado a los hijos de Israel, para que permanezca en sus labios y sirva como testigo ante su futura infidelidad. Moshé lo escribió y lo enseñó ese mismo día, según el versículo 22.

También nosotros haríamos bien en atesorar estas palabras. Aunque nos separan siglos de aquellos acontecimientos, seguimos expuestos al orgullo, la ingratitud y el olvido.

Me detendré en algunos pasajes que contienen enseñanzas especialmente relevantes para nuestra vida. Al estudiar el cántico, quizá encuentres otras que quieras compartir con los demás lectores en los comentarios.

Él es la Roca

Deuteronomio 32:3–5 nos invita a reconocer la grandeza de nuestro Elohim. Su obra es perfecta; sus caminos son justos y su fidelidad permanece. La corrupción del pueblo contrasta con la rectitud de Aquel que lo formó y lo sostuvo.

Necesitamos conservar esta verdad en el corazón. Sin embargo, ¿confiamos realmente en su justicia cuando atravesamos dificultades? ¿O nos apresuramos a culparlo por las consecuencias de nuestras decisiones o por circunstancias que no comprendemos?

Reconocer su fidelidad no significa negar el dolor ni atribuir todo sufrimiento a una falta personal. Significa examinar nuestra conducta con honestidad, asumir la responsabilidad que nos corresponde y acudir a Él en busca de dirección, consuelo y ayuda.

Su carácter no cambia según nuestras circunstancias. Aun cuando no entendemos lo que sucede, podemos acercarnos a nuestro Padre con confianza y humildad.

El Altísimo y la Naciones

¿Alguna vez te has preguntado cómo se relaciona la historia de las naciones con los propósitos de Yehováh? Deuteronomio 32:8–9 presenta al Altísimo distribuyendo los pueblos y destaca el lugar de Israel como su heredad.

Otros pasajes muestran que su gobierno no se limita a Israel. En Deuteronomio 2:5, Yehováh declara que dio Seír a Esaú como posesión; en el versículo 9, señala que entregó Ar a los descendientes de Lot. Israel debía respetar esas disposiciones.

Estos textos nos invitan a contemplar la historia reconociendo la soberanía de Yehováh. Sin embargo, no nos permiten explicar con certeza cada frontera moderna ni identificar todas las guerras y conquistas como expresiones de su aprobación.

La enseñanza nos llama a la humildad: nuestra comprensión de la historia es limitada, y ninguna nación puede considerarse dueña absoluta de la tierra ni ajena a su responsabilidad ante Él.

Cuando la prosperidad nos hace olvidar

Los versículos 10 al 14 describen el cuidado de Yehováh por Israel: lo encontró en el desierto, lo protegió y lo sustentó. Pero el versículo 15 introduce un doloroso contraste. Yeshurún, nombre poético de Israel, disfrutó de la abundancia y terminó menospreciando a la Roca de su salvación.

El problema no fue la provisión recibida, sino la respuesta del pueblo. La gratitud cedió ante la autosuficiencia, y el bienestar se convirtió en ocasión para olvidar a quien lo había hecho posible.

¿No puede sucedernos lo mismo? Cuando prosperamos, podemos empezar a vivir como si ya no necesitáramos a nuestro Padre. La oración se vuelve rutinaria; la obediencia, una carga; y la relación con Él pierde su lugar en nuestras prioridades.

Incluso podemos mantener prácticas religiosas, dar diezmos y servir a otros mientras nuestro corazón se aleja. Estas acciones son valiosas, pero no sustituyen la fidelidad ni compensan una vida que desatiende sus instrucciones.

El cántico nos invita a examinarnos: ¿lo que recibimos nos mueve a agradecer y compartir, o alimenta nuestro orgullo y nuestro apego a las posesiones?

Disciplina y fidelidad

Moshé anuncia consecuencias dolorosas para la infidelidad de Israel. Sus advertencias nos ayudan a reconocer la gravedad de apartarnos de Yehováh, pero debemos distinguir entre su destinatario original y nuestra aplicación personal. No toda adversidad que vivimos constituye el cumplimiento directo de uno de estos juicios.

A partir de Deuteronomio 32:36, el cántico anuncia que Yehováh hará justicia a su pueblo y tendrá compasión de sus siervos. La disciplina no borra su fidelidad.

Algunas corrientes de la teología cristiana han sostenido que la Iglesia reemplazó a Israel. Frente a esa interpretación, entendemos que Yehováh permanece fiel a sus compromisos con su pueblo. Romanos 11:1–2 afirma que no lo ha desechado, y el versículo 29 destaca el carácter irrevocable de sus dones y su llamamiento.

Por medio de Yeshúa, quienes antes estaban lejos son acercados y recibidos en la familia de Dios, como explica Efesios 2:11–19. Romanos 11 describe esa participación mediante la imagen de ramas injertadas en un olivo y advierte contra la arrogancia hacia las ramas naturales.

Nuestra respuesta debe ser la gratitud. Participar de esa riqueza nos llama a la humildad, a la fidelidad y al respeto por el pueblo con el que Yehováh estableció sus pactos.

Palabras para vivir…

Al concluir el cántico, Moshé exhorta al pueblo a guardar estas palabras en el corazón, enseñarlas a sus hijos y poner en práctica la Toráh. No se trata de una enseñanza vacía: de ella depende su vida en la tierra que van a recibir (Deuteronomio 32:46–47).

Podemos imaginar cuánto le dolería saber que el pueblo al que había conducido se rebelaría y sufriría las consecuencias. Aun así, Moshé cumplió su responsabilidad: enseñó, advirtió y llamó a Israel a permanecer fiel.

Su exhortación también nos alcanza. Escuchar no basta si lo aprendido no transforma nuestras decisiones. Recordar la fidelidad de Yehováh debe llevarnos a confiar en Él, obedecer sus instrucciones y transmitirlas a la siguiente generación.

Examinemos, entonces, cómo estamos respondiendo a su cuidado. Que la abundancia no nos haga olvidarlo, que las dificultades nos impulsen a buscarlo y que nuestras acciones reflejen la confianza que afirmamos tener en Él.


Entitled,Woman,Feeling,Important,Acting,Arrogant,Like,A,Queen.,Self-centered

El Peligro de Olvidarnos de Yehováh en la Abundancia

Los seres humanos solemos buscar desesperadamente al Todopoderoso en tiempos de crisis, pero cuando todo marcha bien, nos enorgullecemos y se nos olvida quién nos dio la bendición.

En Deuteronomio 31 hay unos versos que son muy preocupantes. Yehováh le dice a Moisés:

“Este pueblo se levantará y se prostituirá tras los dioses ajenos… me dejará y quebrantará mi pacto. Entonces mi furor se encenderá contra él” .
Deuteronomio 31:16-17

Suena fuerte, ¿cierto? Pero el mensaje fue muy claro para ellos y lo sigue siendo para nosotros hoy:

cuando Israel entre en la tierra y disfrute de paz, comida y prosperidad, correrá el riesgo de olvidarse del Creador.

Miremos nuestra realidad. Vivimos en una sociedad llena de comodidades. Tenemos tecnología, comida al alcance de la mano, entretenimiento por todas partes. Y aunque todo esto parece una bendición, también acarrea un peligro: que nuestros corazones sean seducidos y nos enfriemos. Entonces Yehováh pasa a un segundo plano porque sentimos que ya no lo necesitamos.

Esto mismo sucedió en tiempos antiguos. El profeta Oseas lo dijo claramente:

Cuando tuvieron pastos se saciaron; y al saciarse se enorgulleció su corazón; por esta causa se olvidaron de mí. Oseas 13:6

¿No es exactamente lo que vivimos hoy?

Los seres humanos solemos buscar desesperadamente al Todopoderoso en tiempos de crisis, pero cuando todo marcha bien, nos enorgullecemos y se nos olvida quién nos dio la bendición. Moisés lo advirtió en Deuteronomio 8:

“Cuídate de no olvidarte de Yehováh tu Dios… no sea que digas en tu corazón: mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza”.

Yeshúa también habló de esto en la parábola del sembrador. La semilla que cayó entre espinos representa a los que escuchan la Palabra, pero las riquezas y las preocupaciones de la vida la ahogan (Mateo 13:22). La abundancia no es el problema; el problema está en olvidar al Dador de esa abundancia.

La historia nos da ejemplos claros. Salomón, con toda su sabiduría y riquezas, terminó desviando su corazón porque dejó que lo material lo apartara de Yehováh (1 Reyes 11:4). En cambio, Job, que también tenía mucho, nunca olvidó al Creador. Cuando perdió todo, declaró:

“Yehováh dio, Yehováh quitó; sea bendito el nombre de Yehováh”. Job 1:21

Hoy el reto es el mismo: no permitir que el confort o la prosperidad nos hagan olvidar de quién dependemos realmente. Yehováh es la fuente de toda provisión, y sin Él, incluso la mayor riqueza se convierte en vacío.

El apóstol Pablo lo resumió muy bien:

He aprendido a contentarme cualquiera que sea mi situación… todo lo puedo en el Mesías que me fortalece.  Filipenses 4:11-13

La verdadera seguridad no está en lo que tenemos, sino en caminar cerca de Yehováh nuestro Padre.

No dejemos nunca que las bendiciones de Yehováh nos aparten de Él. Más bien, hagamos de cada bendición un recordatorio de su amor y fidelidad. Porque, al final, la abundancia sin Yehováh se puede convertir en una trampa para nosotros.
¡Shalom!

Ayunando en Yom Kippur

“Cerrando la puerta” en Yom Kippur

Para los seguidores de Yeshúa, el Camino, Yom Kippur es una gran oportunidad para hacer un autoevaluación o auditoría seria y concienzuda y para ver como ha sido nuestro caminar.

El Séptimo mes del calendario de Yehováh – inicia con la celebración de Yom Truá, – Día de Trompetas (o de aclamación) y diez días después llegamos a Yom Kippurim – día de las Expiaciones.

La creencia del judaísmo

El nombre más común para este período de diez días, es Aseret Yemei Teshuváh ó Diez Días de Arrepentimiento. La tradición judía considera que Yom Truá es un día de juicio cuando Dios abre Su libro, examina las obras o acciones de su pueblo, y decide quién vivirá y quién morirá; o quién tendrá una buena vida, y quién la tendrá llena de problemas en el año siguiente. Si bien el judaísmo considera que Dios hace tal decreto sobre la vida de cada quién ese primer día del Séptimo mes, tal decreto no es sellado o confirmado en el Libro de la Vida hasta Yom Kippur.

El día de Yom Kippur, tienen un servicio religioso de cierre que se llama Nillah, lo cual significa “el cierre de la puerta”.

La tradición judía sostiene que hasta este último momento, es posible arrepentirse y orar por la misericordia de Yehováh para que el decreto, de ser desfavorable, sea cambiado. De hecho, se dice que el acceso a través de esta puerta nunca es más fácil que en las horas previas a Yom Kippur. Según sus creencias, este es un tiempo cuando los cielos están abiertos de par en par. Pero al llegar el crepúsculo y finalizar el ayuno de Yom Kippur, la puerta se cierra y el juicio (el decreto) se sella y ya no puede ser cambiado.

Vale la pena afirmar que todo lo anterior no se encuentra de manera explícita en la Torá o en el Tanaj (Antiguo Testamento) y tampoco Yeshúa o sus discípulos hicieron referencia a tal cosa.

Qué nos dice el Brit Jadasháh (Nuevo Testamento)

Yeshúa declaró que Él es la puerta de entrada de Sus ovejas. Esa Puerta está abierta durante todo el año para aquellos que quieran entrar a través de Él para tener acceso al Padre.

“Yo soy la puerta; todo el que entra por mí, será salvo” (Juan 10: 9)

Para entender lo que Yeshúa quiso decir con esto, reflexionemos sobre el propósito de las puertas: Ellas nos dan acceso a lugares distintos del que nos encontramos; para llegar al otro espacio, cruzamos por la puerta. De manera similar, es a través de Yeshúa, que obtenemos acceso desde este lado de la vida, al otro lado donde habita nuestro Padre Eterno Yehováh:

‘Yo soy el camino, la verdad y la Vida; nadie puede venir al Padre, sino por mí.
Juan 14:6

​Una puerta también proporciona un camino a través de una barrera. Nuestras injusticias  nos hacen merecedores de una separación (muerte) eterna de nuestro Padre; pero a través de Yeshúa, tanto judíos como gentiles tenemos acceso a Él. Por eso Yeshúa declaró:

Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, de ningún modo morirá eternamente. Juan 11.25-26

Por todo lo anterior, quienes hemos tenido un encuentro genuino con Yeshúa, poseemos la certeza incontrovertible, de que nuestras injusticias, o pecados, o errores o fracasos, han sido perdonados y no tenemos que esperar a ver si Dios nos extiende otro año de vida en Yom Kippur.

Para nosotros, los seguidores de Yeshúa, el Camino, ese día es una gran oportunidad para hacer una autoevaluación o auditoría seria y concienzuda; para ver como ha sido nuestro caminar. Es un tiempo que nos regala nuestro Padre para hacer un alto en nuestra carrera por la vida, detenernos y revisar nuestro comportamiento a la luz de Su Palabra (Torá).

Como resultado deberá haber reparación de las relaciones que hayamos roto o deteriorado; deberá haber restitución de lo que hayamos defraudado: Piensa ¿a quién le debes honra? ¿a quién hay que devolverle algo material? ¿a quien le debes demostraciones de afecto o amor? ¿a quién le quedaste debiendo unas: “gracias” o favor y está esperando por tu respuesta?

De eso se trata Yom Kippur. Ciertamente (como diría Pablo), ese día es un gran regalo que debemos aprovecharlo para buscar una intimidad mayor con nuestro Padre y con nuestro Señor Yeshúa, para exponernos a su luz de manera que hasta los rincones más ocultos de nuestra vida, y que no conocemos, sean alumbrados para limpiarlos y sacar todo lo que no debe estar allí.

Deseo que tengas un Yom Kippur diferente este año. Shalom. 

Abuelo y familia

Mantente firme, forjando un legado de integridad familiar


PATROCINADORES EXCLUSIVOS

Para acceder a este contenido, debe ser miembro de Club de Patrocinadores o iniciar sesión.

Young woman pressing snooze button on early morning digital alarm clock radio

¡Basta de procastinar! Es tiempo de renovar el Pacto

Audioblog

Nuestro Padre es atemporal y vive en un eterno presente. De manera que, para Él, ese día que habló fue su “hoy” tanto como lo es éste en el que estamos leyendo estos pasajes.

¿Qué es Procastinar?

Es un término contemporáneo que significa diferir o aplazar o posponer.

Una manera elegante de decir: No

Antes de existir los supermercados, en las tiendas de barrio era usual que las familias vecinas abrieran cuentas para comprar sus alimentos fiados, con el propósito de pagarlos el fin de semana cuando recibieran su paga. Sin embargo, cuando los clientes comenzaron a fallar su compromiso, los tenderos cerraron los créditos; y de manera coloquial y humorística, colocaron letreros que decían: “hoy no fío; mañana, sí”; así procastinaban, aplazaban, su servicio, y quedaban bien con sus clientes, pero ese día nunca llegaría.

Un “hoy” que siempre es presente

​En Deuteronomio 29:10-15 nos hallamos con el caso contrario cuando Yehováh usa la palabra hoy, con el propósito de enfatizar la vigencia permanente del Pacto que había realizado con su pueblo Yisrael. Cinco de las ocho veces que aparece la palabra en este capítulo, están relacionadas directamente con dicho Pacto. Tales declaraciones fueron pronunciadas hace miles de años; pero cuando las leemos hoy, nos encontramos que todo su contenido es aplicable a nosotros hoy y nos afecta profundamente. Veamos esos versos:

Hoy todos vosotros estáis ante la presencia de Yehováh vuestro Dios: vuestros jefes, vuestras tribus, vuestros ancianos, vuestros oficiales, todos los hombres de Yisrael, vuestros pequeños, vuestras mujeres, y el extranjero que está dentro de tus campamentos, desde el leñador hasta el que saca tu agua, para que entres en el Pacto con  tu Dios, y en su juramento que Yehováh  tu Dios hace hoy contigo, para confirmarte hoy como pueblo suyo, y que Él sea tu Dios, tal como te ha hablado y como juró a tus padres Avraham, Yitzhak y Ya’akov. No con vosotros solos hago este Pacto y este juramento; ciertamente es con los que están hoy aquí con nosotros en presencia de Yehováh nuestro Dios y también con los que no están hoy aquí con nosotros.

Nuestro Padre es atemporal y vive en un eterno presente. De manera que, para Él, ese día que habló fue su “hoy” tanto como lo es éste en el que estamos leyendo estos pasajes.

Cuando lo entendemos de esta manera, nos damos cuenta de que estamos incluidos en esa multitud que estuvo presente aquel día. Por si quedaran dudas, mira de nuevo con atención el verso 15:

ciertamente es con los que están hoy aquí con nosotros en presencia de Yehováh nuestro Dios y también con los que no están hoy aquí con nosotros.

¡Esto nos incluye a ti y a mí! No estábamos físicamente presentes en aquél “hoy”, pero lo estamos en el de este día: hoy. Y siendo que Yehováh no cambia, podemos estar seguros de que somos parte de ese pacto si realmente entendemos y aceptamos que hemos sido injertados en Israel mediante la obra de nuestro Mesías Yeshúa.

Como podemos concluir, Yehováh está expectante de que nosotros en nuestro presente, nuestro hoy, entremos en el Pacto que hizo con nuestros padres en el pasado. Desea que seamos Su pueblo y que le reconozcamos a Él como nuestro Dios. El asunto es que esto no es algo que se hace solo con una oración de fe; requiere de una forma de vida alineada con la Torá porque de eso trata el Pacto en el que hemos entrado. (Ver tema: ¿La oración de fe nos salva?)

No procastinemos (pospongamos), no aplacemos. Hoy, tenemos la oportunidad de decir Sí a nuestro Padre, y cada día deberá ser de la misma manera, puesto que no solo la Torá mantiene su vigencia por generaciones, sino que su obediencia es también la credencial que identifica al auténtico pueblo de Yehováh hoy y siempre.

Programa de Radio relacionado:

¿Nos hace salvos la oración de salvación?

shutterstock_1154628952_resized

El significado real de la palabra Bendición בְּרָכָה (brajá)

Una bendición, en el sentido bíblico, está intrínsecamente relacionada con el concepto de dar algo.

Una bendición es un hermoso gesto de amor. Puede darse a otros, así como también recibirse. Bendecimos a una persona, porque es alguien que nos importa, alguien para quien deseamos el bien y alguien a quien respetamos. Cuando alguien nos bendice a nosotros, eso nos hace sentir bien, significa que esa persona quiere lo mejor para nosotros.

Es difícil conceptualizar una bendición y la acción de bendecir, separado del contexto cristiano en el que lo aprendimos. Raramente se escucha acerca de alguien que bendiga a otra persona, fuera del marco de la iglesia, la congregación, o una reunión entre creyentes.

La palabra bendición viene del latín benedicere, que significa simplemente “hablar (dicere) bien (ben)”. Decir algo bueno, pronunciar una buena palabra sobre alguien… con esta definición, una bendición y un cumplido tienen poca diferencia.

¿Qué podemos aprender de esta palabra en la lengua hebrea?

בְּרָכָה  (brajá)

La primera vez que el concepto de bendecir (en forma de acción) aparece en las escrituras, es en el primer capítulo de Génesis, cuando el Creador bendice a los animales en el agua y el aire para que sean fructíferos y se multipliquen. Como veremos, una bendición siempre está relacionada con otorgar algo en la Torá. En este caso, el Eterno le entrega a los animales esa capacidad para ser fructíferos y multiplicarse.

La primera vez que la palabra brajá, aparece en forma de sustantivo en la Torá, es en Génesis 12:2, en donde el Altísimo le dice a Abraham que lo bendecirá, y hará que él mismo se convierta en una brajá.

Más tarde vemos como Ya’akov toma la brajá que le correspondía a Esaú (Gen 27:35-38). Aquí vemos nuevamente una bendición como algo que “se entrega” de padre a hijo. Posteriormente vemos este ritual en Génesis 49, cuando Ya’akov bendice a sus hijos.

Tal como el padre da la bendición a su hijo, podemos ver también como Yehováh, nuestro padre celestial, otorga sus bendiciones a nosotros en la tierra:

…entonces yo os enviaré mi bendición el sexto año, y ella hará que haya fruto por tres años.
Levítico 25:21

En todos estos casos podemos ver como una bendición, en el sentido bíblico, está intrínsecamente relacionada con el concepto de dar algo. En este último caso, una abundancia en la cosecha antes del año de jubileo, y en el caso de los padres, ellos entregaban una parte de todo lo que poseían (su herencia) a sus hijos, siendo el hijo primogénito quien recibía una doble porción de todo.

Cuando observamos la palabra hebrea brajá, y analizamos su raíz, encontramos la palabra berej (ברך), que significa “rodilla”. La bendición puede ir en dos direcciones: cuando un padre bendice a su hijo es una, y la otra es cuando nosotros bendecimos a nuestro Padre celestial. En este caso, nos arrodillamos ante Él, tal como podemos ver en el siguiente pasaje:

…Salomón había hecho un estrado de bronce de cinco codos de largo, de cinco codos de ancho y de altura de tres codos, y lo había puesto en medio del atrio; y se puso sobre él, se arrodilló delante de toda la congregación de Israel, y extendió sus manos al cielo.
2 Crónicas 6:13

Hasta el día de hoy, hay mucha gente que se arrodilla para orar o bendecir al Eterno. En la tradición judía, cuando se recitan las bendiciones se acostumbra doblar las rodillas en señal de reverencia, haciendo honor a esta antigua tradición.


Financial freedom websize

Puedes transformar tu realidad financiera

Todo lo que hacemos hoy —actividades legales y honestas— es posible gracias a las capacidades, talentos, habilidades y relaciones que Yehováh nos ha permitido desarrollar.

Uno de los primeros actos de obediencia que Yehováh demanda a Su pueblo es “recoger” (cosechar y apartar) tanto los primeros frutos de la cosecha como aquellos producidos por su trabajo con los animales, para ayudar con los gastos de la Casa de Yehováh (Templo), para compartirlos con personas en necesidad y para ayudar con el sostenimiento de los levitas, quienes se dedicaban a tiempo completo al servicio de los asuntos de Su Casa (Templo). Surge entonces una pregunta natural: dado que en el presente la mayoría no nos dedicamos a la agricultura ni a la cría de animales, ¿sigue este mandamiento teniendo validez? De ser así, ¿cómo podemos obedecerlo?

En el mundo actual, es imposible vivir sin algún tipo de ingreso periódico, ya sea salario, renta, donativo o cualquier otra forma de sustento. Cabría preguntarnos, entonces, si estos ingresos pueden equipararse a los beneficios que se obtenían de la tierra y el ganado, los cuales eran reconocidos como bendición de Yehováh para Su pueblo trabajador y fiel.

Todo lo que hacemos hoy —me refiero a actividades legales y honestas— es posible gracias a las capacidades, talentos, habilidades y relaciones que Yehováh nos ha permitido desarrollar. Por lo tanto, ¿no son las ganancias o beneficios resultantes del ejercicio de esos dones igualmente bendiciones Suyas? Y si concluimos que sí lo son, entonces, ¿no tenemos también la responsabilidad de cumplir de la mejor manera este mandamiento?, porque al hacerlo estamos reconociendo a Yehováh como su fuente principal.

Un poco de historia

Una vez que el pueblo de Israel entró en la tierra prometida y recogió sus primeros frutos, tuvo que presentarse ante Yehováh y declarar delante del sacerdote:

«3 …Hoy declaro ante Yehováh tu Dios, que he entrado en la tierra que Yehováh juró a nuestros padres que nos daría… 4 Y el sacerdote tomará el cesto de tu mano y lo mecerá delante del Altar de Yehováh tu Dios… 10 Y ahora, he aquí traigo las primicias del fruto del suelo que me diste, oh Yehováh. Y lo colocarás delante de Yehováh tu Dios, y te postrarás delante de Yehováh tu Dios». Deuteronomio 26:3,4,10

Pero no era esto solamente lo que la gente de Israel debía separar como muestra de gratitud a Yehováh. También debía poner aparte una provision para los necesitados de su pueblo:

«He apartado lo consagrado de mi casa, y se lo he dado al levita, al extranjero, al huérfano y a la viuda, conforme a todo lo que me mandaste; no he quebrantado tus mandamientos ni me he olvidado de ellos».
Deuteronomio 26:13

¡Espera! Aquí no solo se habla de apartar lo consagrado para Yehováh, las primicias que se entregaban a los sacerdotes, sino de proveer además para el extranjero, el huérfano y la viuda. ¡Esto es profundamente significativo! Es un llamado a la generosidad en general y al desapego de lo material.

Si no obedecemos estas instrucciones, tendremos muy poca base escritural para esperar las bendiciones de Yehováh en nuestras finanzas.

Hablemos del controvertido “Diezmo”

Yehováh prometió que si le obedecemos apartando la décima parte de lo que obtenemos mediante el uso de las habilidades y talentos que Él nos dio, detendrá al devorador para beneficio nuestro:

“¡Traed todos los diezmos a la tesorería (de la Casa de Yehováh – Templo) y haya alimento en Mi Casa! Y probadme luego en esto, dice Yehováh Sebaot, si no os abro las ventanas de los cielos y derramo sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde. Os alejaré al devorador, y no os destruirá el fruto de la tierra ni os hará estéril la vid en el campo, dice Yehováh Sebaot.”
Malaquías 3:11

Por lo cual, despreciar o ignorar estas instrucciones, trae consecuencias. Si fallamos en apartar la porción que le corresponde a Yehováh (el diezmo), y la que corresponde a quienes están en necesidad, estamos quebrantando el pacto que tenemos con Él; como resultado, no solo se ve afectado el desarrollo de los ministerios, sino que también sufren quienes sirven en ellos, así como las viudas, los huérfanos y los extranjeros. Mas no por descuido de Yehováh, sino porque quienes deberíamos ser canal de ayuda para todos ellos, cerramos nuestro corazón y retenemos lo que no nos pertenece. Así caemos bajo maldición y damos al devorador la base legal para dañar nuestras finanzas.

Aunque Yeshúa nos liberó del justo veredicto de culpa que pesaba sobre nosotros por quebrantar la Torá, no nos eximió de la responsabilidad de seguir Su ejemplo, viviendo una vida apartada de los patrones de este mundo. Cuando reconocemos que estamos pecando en alguna área, es nuestro deber arrepentirnos y volver a la obediencia.

Esto aplica también en el ámbito financiero. Al separar nuestro diezmo —la porción de nuestros ingresos que le pertenece a Yehováh—  nos estamos volviendo a Él y Él se vuelve a nosotros:

«Volveos a mí, y Yo me volveré a vosotros», dice Yehováh de los ejércitos. «Pero vosotros decís: “¿En qué hemos de volvernos?”. ¿Robará el hombre a ’Elohim? Pues vosotros Me habéis robado. Y decís: “¿En qué te hemos robado?”. ¡En los diezmos y en las ofrendas! Sois malditos con maldición, porque vosotros, la nación entera, Me habéis robado».
Malaquías 3:7-9

Un corazón agradecido, comparte con quienes están en necesidad

¿Qué hacen nuestros hermanos de Y’hudah?

Dentro del judaísmo, encontramos una profunda sabiduría en la práctica de la Tzedakáh. Este término, que comúnmente se traduce erróneamente como ‘caridad‘, significa en realidad justicia social o rectitud. No se trata de hacer una mera donación voluntaria, sino de un mandamiento obligatorio (mitzvá) que busca restaurar la justicia y el equilibrio en la comunidad. Es considerado un precepto tan fundamental que, según la tradición, quien se niega a cumplirlo demuestra una desconexión tan grave de los valores esenciales del pueblo judío que incluso se llega a dudar de la autenticidad de su fe y de su legado. Algunos sabios afirmaron que la Tzedakáh equivale a todos los mandamientos juntos, y quien no la practica es comparable a un idólatra, pues pone su confianza en las riquezas en lugar de en Dios.

Con razón Yeshúa afirmó:

«…donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón».

Este principio se refuerza en el Nuevo Testamento (Brit Hadashá), donde se señala que si no damos al ver a un hermano en necesidad material, es dudoso que el amor de Yehováh more en nosotros:

«…el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano en necesidad, y cierra su corazón contra él, ¿cómo morará el amor de Dios en él?».
1 Juan 3:17

Por supuesto, Yehováh recompensa la compasión y la generosidad. Promete que cuando damos a los pobres, necesitados, viudas y huérfanos, Él nos retribuirá:

«El que da al pobre presta a Yehováh, y Él le recompensará».
Proverbios 19:17

Entonces… ¿Qué podemos hacer con los diezmos?

Antes que todo, es necesario entender que la práctica del diezmo es ante todo un testimonio para quien lo entrega. Sí, porque al hacerlo está reconociendo que sus capacidades vienen de Yehováh.

Originalmente, el diezmo se entregaba en la Casa de Yehováh (el Templo) para su mantenimiento y para sostener a levitas y sacerdotes. Sin embargo, con el tiempo, muchos sacerdotes se corrompieron, y lo recibido ya no bastaba para saciar su codicia. Por eso, en tiempos de Yeshúa, la casta sacerdotal estableció negocios de cambio de moneda y venta de animales en los patios del Templo, lo que provocó que Yeshúa los expulsara, acusándolos de convertir la Casa de Su Padre en cueva de ladrones:

«…y Yeshúa entró en el Templo y comenzó a echar fuera a los que vendían y compraban allí; volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas. Y les decía: “¿No está escrito: ‘Mi Casa será llamada Casa de oración para todas las naciones’? Pero vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones”».
Marcos 11:15-17

Tras la destrucción del Templo de Herodes en el año 68 d.C. ya no hubo lugar para llevar los diezmos. ¿Diriamos entonces que “nos libramos” de tal responsabilidad? Al responder que sí, estamos mostrando que no hemos entendido el propósito de esa instrucción, ¿recuerdas cuál es? Reconocer que todo viene de Yehováh y mostrarle gratitud y honra. La pregunta entonces persiste: ¿Qué debemos hacer con la porción que separamos para Yehováh?

Personalmente veo dos opciones:

  1. Atendiendo a lo que dijo Yeshúa a sus discípulos cuando los envió en misión: «El obrero es digno de su salario» (Lucas 10:7) es perfectamente lícito y apropiado usarlo para dar apoyo financiero a quienes nos guían y nos dan soporte espiritual.
  2.  Utilizarlo también para dar ayuda a los necesitados: La viuda, el huérfano, el extranjero… es decir a personas que están en real necesidad.

Seguramente habrá situaciones que dificultarán apartar el diezmo completo. En tales casos, debemos hacer lo posible dentro de nuestras limitaciones. Lo importante es que no haya excusa para dejar de compartir las cargas de quienes sirven a Yehováh, o para no ayudar a quienes están en necesidad. Y aunque estuviésemos en una situación financiera difícil, como Pedro al paralítico, deberíamos estar dispuestos a decir:

«No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy» (Hechos 3:6).

Entonces finalmente, te invito a reflexionar y a considerar: ¿Qué puedo dar? ¿Cómo puedo ayudar? ¿De qué manera puedo mostrar gratitud a Yehováh y a Yeshúa? Ora y permite que Yehováh te guíe al respecto.

Lo cierto es que en los tiempos que nos ha correspondido vivir, no podemos endurecer nuestro corazón, ni poner nuestra confianza en el dinero; porque está profetizado que llegará el momento en que no podremos usarlo (ni comprar, ni vender) y entonces será tiempo de cosechar lo que hayamos sembrado:

  • Salmo 41:1
    «Feliz quien atiende al desvalido, Yehováh lo salvará en el día de la adversidad.»

  • Isaías 58:7-8
    «¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa; que cuando veas al desnudo, lo cubras…? Entonces nacerá tu luz como el alba, y tu salvación se dejará ver pronto…»

  • Mateo 25:40 (palabras de Yeshúa)
    «En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.»

¡Shalom!