La dependencia cotidiana de Yehováh resulta molesta para nuestro ego, ya que exige humildad y el reconocimiento de nuestra absoluta incapacidad para ser totalmente autosuficientes.
El principal desafío del ser humano no es la escasez, sino su incontrolable afán por el control y la acumulación. En el relato bíblico de esta semana, el Creador utiliza el maná no solo como sustento, sino como un riguroso entrenamiento espiritual en la dependencia diaria. La instrucción era precisa: recolectar solo la porción necesaria para el día. La transgresión de esta norma, la ambición por acaparar, resultaba en putrefacción. El mensaje es claro, aunque incómodo para nuestro ego: nuestra naturaleza no está diseñada para edificar seguridad a través de la acumulación, sino a través de la confianza en el Proveedor.
La palabra hebrea ‘man’ (“¿Qué es esto?”), que dio origen a ‘maná’, encapsula el asombro. El pueblo no lograba comprender la lógica de Dios, pues contrastaba con la mentalidad egipcia de previsión, almacenamiento y control absoluto. Esta mentalidad persiste hoy. Estamos absortos en la creación de reservas, planes infalibles, seguros y estructuras que prometen estabilidad, marginando al Creador del centro de nuestra fe. Planificar no es el error; el peligro reside en reemplazar la fe por esquemas y sistemas puramente humanos.
El maná caía cada mañana, una manifestación tangible de que la provisión de Yehováh era para el presente, disipando la ansiedad por el futuro. Sin embargo, la cultura actual exige garantías a largo plazo, certidumbre total y dominio sobre el mañana. La dependencia cotidiana resulta molesta para el orgullo, ya que exige humildad: el reconocimiento de nuestra absoluta no-autosuficiencia.
Incluso el Shabbat servía como refuerzo de esta verdad, con una doble provisión el día anterior que hacía innecesario salir a regoger el maná en ese día. No era casualidad, sino un acto de obediencia. El error contemporáneo es equiparar seguridad con independencia de Dios. El resultado es una sociedad materialmente próspera pero agotada, ansiosa y espiritualmente famélica.
Este pasaje nos obliga a confrontar una verdad a menudo olvidada: la provisión divina es ineludiblemente una relación cotidiana. El maná no fue enviado para generar comodidad en el pueblo de Israel, sino para ayudarlo a forjar confianza en Yehováh.
El ser humano necesita retornar a la dependencia diaria de su Creador, pues de otra manera al intentar controlarlo todo, paradójicamente, termina perdiéndolo todo. Confiar no es signo de debilidad; es la reafirmación del diseño original del Altísimo, que fielmente provee cada mañana.
¡Shalom!




