Clases de diezmo y su destino
Los hijos de Leví fueron escogidos por Yehováh para atender las cosas relacionadas con el servicio a Él y para enseñar la Toráh al pueblo, donde quiera que estuviesen. Estos no tendrían herencia pues Yehováh era su herencia. Así fue que Dios mismo les concedió recibir parte de lo sacrificado como lo establece la Toráh, junto con las primicias de las cosechas para su sostenimiento.
El diezmo, la décima parte del producto del campo y de los ganados, estaba consagrado a Yehováh, pero tenía diferentes destinos.
Según Levítico 27:30-33 y Números 18:21-24, tanto el diezmo de las cosechas como el de los animales pertenecían a Yehováh, quien los asignó a los hijos de Leví como heredad por el servicio que prestaban en el Tabernáculo y posteriormente en el Templo. A su vez, los Levitas debían entregar a los sacerdotes un “diezmo de los diezmos” según la instrucción de Números 18:26-28.
Al estudiar los pasajes relacionados con los diezmos, algunos investigadores concluyen que la Toráh menciona más de una clase de diezmo. El primero era entregado a los Levitas para su sustento. Otro diezmo era consumido por las propias familias delante de Yehováh durante las festividades, como se describe en Deuteronomio 14:22-27. Aunque existen diferentes interpretaciones sobre la relación entre estos pasajes, resulta evidente que no todo el diezmo tenía exactamente el mismo destino.
Conforme a Deuteronomio 12:17 y Deuteronomio 14:22-27, una parte de los productos apartados era llevada al lugar escogido por Yehováh para ser consumida delante de Él durante las Festividades establecidas. De esta manera, las familias aprendían a temer a Yehováh y a celebrar Su provisión.
Deuteronomio 14:28-29 enseña que cada tercer año se apartaba un diezmo destinado al levita, al extranjero, al huérfano y a la viuda. De esta manera se atendían las necesidades de quienes carecían de herencia o recursos suficientes para sostenerse. Era algo parecido a lo que hoy conocemos como ayuda social, solo que no era responsabilidad del gobierno sino de la comunidad.
Pero… ¿qué sucede en el Nuevo Testamento?
Al morir y resucitar Yeshúa, abrió el camino para que todos pudiéramos tener acceso a nuestro Padre. De esta manera hizo de nosotros un pueblo de sacerdotes, es decir que todos los rescatados por Él tenemos acceso directo a Yehováh sin necesidad de intermediarios humanos para acercarnos a Su presencia.
Esto no significa que el Templo desapareciera inmediatamente, pues continuó funcionando durante varias décadas después de la resurrección de Yeshúa. Los mismos apóstoles continuaron visitándolo. Sin embargo, la obra redentora del Mesías señaló el cumplimiento del sistema sacrificial como medio de expiación y anunció el establecimiento de un nuevo pacto basado en Su sacrificio perfecto.
En cierto sentido podríamos afirmar que hoy todos podemos ofrecer sacrificios, pero ya no de animales sino de alabanza y adoración:
Ofrezcamos siempre por medio de Él sacrificio de alabanza a Yehováh, es decir, fruto de labios que confiesan Su Nombre.
Hebreos 13:15
Asimismo, las Escrituras describen a los creyentes como un “real sacerdocio” (1 Pedro 2:9). Sin embargo, esto no elimina las diferentes funciones que Yehováh ha establecido dentro de Su pueblo. Continúan existiendo responsabilidades específicas de enseñanza, liderazgo, exhortación y servicio, tal como ocurrió en la comunidad de los primeros discípulos.
Entonces, siendo que todos somos sacerdotes en ese sentido, ¿hay en el Nuevo Testamento siervos equivalentes a los Levitas? En cierto sentido, sí; pero sus funciones excluyen lo relacionado con los sacrificios del Templo por razones obvias y no están limitadas únicamente a la enseñanza de la Palabra.
Yeshúa llamó a doce discípulos para que estuvieran con Él durante el tiempo de Su ministerio y éstos fueron invitados a dejarlo todo para convertirse en pescadores de hombres. Posteriormente fueron confirmados como responsables de dirigir y expandir el mensaje entregado por el Mesías: las Buenas Noticias acerca de la proximidad del Reino de los Cielos.
Observamos que efectivamente estos discípulos abandonaron amigos, socios, profesiones, negocios y tradiciones para seguir y servir al Mesías. Cuando los envió en misiones locales les instruyó a no llevar nada consigo porque “el obrero es digno de su salario”, queriéndoles mostrar que Dios mismo se encargaría de proveer para ellos a través de las personas a quienes ministraban.
¿Y cómo habrían de sostenerse en el futuro cuando Yeshúa hubiese partido? El libro de los Hechos nos lo revela:
Todos los creyentes estaban unidos, y tenían en común todas las cosas. Vendían sus propiedades y sus pertenencias, y lo repartían entre todos según la necesidad de cada uno.
Hechos 2:44-45
Esto sucedió de manera espontánea. No parece que hubiese una reglamentación específica al respecto. La respuesta natural de corazones transformados fue cuidar unos de otros para que nadie padeciera necesidad; después de todo, esa había sido la medida del mandamiento dado por Yeshúa:
Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como os amé. Nadie tiene mayor amor que éste, que uno ponga su vida por sus amigos.
Juan 15:12-13
La medida de ese amor era lo nuevo, pues el mandamiento ya existía en la Toráh:
No te vengarás, ni guardarás rencor contra los hijos de tu pueblo, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo, Yehováh.
Levítico 19:18
Vemos que Yeshúa llevó este mandamiento a otro nivel, al igual que hizo con muchos otros aspectos de la vida de obediencia. Entonces era natural que la nueva generación de discípulos siguiera Su ejemplo y quisiera compartirlo todo. Obviamente los apóstoles eran parte de esa comunidad.
Por esta razón, en las Escrituras Mesiánicas no encontramos un mandamiento que ordene entregar los diezmos a los apóstoles o a los líderes de las congregaciones. Hubiera sobrado ordenar tal cosa, porque lo natural y espontáneo era el fruto del Espíritu de Yehováh habitando en cada seguidor del Mesías, expresado en el deseo de velar por sus hermanos en necesidad y por aquellos que les servían enseñándoles y cuidándoles.
No obstante, esto no significa que quienes dedican su vida al servicio y a la enseñanza deban carecer de apoyo material. El apóstol Pablo enseñó claramente que quienes anuncian las Buenas Noticias tienen derecho a recibir sustento de aquellos a quienes sirven:
Así también ordenó el Señor a los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio.
1 Corintios 9:14
Asimismo escribió:
El que es enseñado en la palabra, haga partícipe de toda cosa buena al que lo instruye.
Gálatas 6:6
La diferencia es que Pablo nunca estableció un porcentaje obligatorio ni llamó diezmo a este apoyo. Su énfasis estuvo en la generosidad voluntaria y en el reconocimiento del valor de quienes sirven fielmente.
Resalto la palabra servían, porque ese fue el modelo dejado por Yeshúa:
El que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro servidor, así como el Hijo del Hombre no vino para ser servido sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.
Mateo 20:28
Los seguidores de Yeshúa nunca le vieron pidiendo o recogiendo ofrendas después de realizar sanidades y mucho menos después de alimentar a las multitudes. Claro está que muchos líderes religiosos de hoy dirían: “Qué desperdicio. Perdió la oportunidad de enseñarles a sembrar en su ministerio”.
Los siervos que hemos sido llamados al ministerio no estamos para suplantar a Yeshúa como la cabeza de todo varón ni para imponer nuestra autoridad manipulando o explotando económicamente a quienes desean acercarse al Padre, sino para servirles comunicándoles la Verdad, guiándoles a una comunión más íntima con Yehováh mediante Yeshúa y el caminar en obediencia a la Toráh.
Es nuestra responsabilidad ayudarles a desarrollar su fe para que puedan ser luz en un mundo sumido en tinieblas y, llegado el momento, sean capaces de sellar su testimonio entregando su vida si fuere necesario.
En resumen
Si definimos el diezmo exactamente como lo hace la Toráh, encontramos que estaba vinculado a la tierra de Israel, a las cosechas, al ganado, al sacerdocio levítico y al funcionamiento del Templo. En ausencia de estos elementos, resulta difícil aplicar hoy el sistema exactamente de la misma manera en que fue establecido originalmente.
Lo que permanece vigente es el principio que subyace detrás de aquellas instrucciones: reconocer que todo proviene de Yehováh, sostener a quienes sirven fielmente, ayudar al necesitado y practicar una generosidad sincera nacida de un corazón agradecido.
Quienes hemos sido llamados por Yehováh para servirle primero a Él y luego a Sus seguidores y discípulos dedicamos nuestro tiempo, talentos, recursos, experiencia y relaciones a proclamar Su mensaje, amar, modelar, discipular, instruir, apoyar y amonestar a todos aquellos que desean marchar por la senda estrecha de la obediencia a Yehováh tal como lo hizo Yeshúa.
Y si bien dependemos de la provisión de nuestro Padre, sabemos que ésta llegará de corazones que valoran lo que reciben de Él por medio de nosotros y que, al igual que los primeros discípulos, espontáneamente desearán compartir de sus recursos para que no haya necesidad entre sus hermanos.