¿Cuánto vale tu palabra?

Nuestra palabra dice mucho más de nosotros de lo que imaginamos. Cada promesa que hacemos y cada compromiso que asumimos ponen a prueba nuestra integridad. Las Escrituras nos enseñan por qué ser personas confiables también forma parte de nuestra manera de honrar a Yehováh.

Una de las grandes tragedias de nuestra generación es la pérdida del valor de la palabra. Decimos con facilidad: “Cuenta conmigo”, “yo lo haré”, “te llamaré”, “mañana te pago” o “allí estaré”, muchas veces sin considerar la responsabilidad que esas palabras crean. Aceptamos obligaciones, hacemos promesas y asumimos compromisos que pueden quedar rápidamente olvidados cuando pasa el momento. Sin embargo, cada vez que damos nuestra palabra estamos poniendo algo muy valioso en juego: nuestro carácter.

Una persona confiable no es aquella que nunca enfrenta dificultades o que jamás comete un error, sino aquella cuya palabra tiene peso. Cuando dice , los demás pueden confiar razonablemente en ese sí; cuando acepta una responsabilidad, existe una verdadera determinación de cumplirla. Y cuando circunstancias fuera de su control hacen imposible hacerlo, la integridad no desaparece. En lugar de evitar la situación o inventar excusas, una persona confiable habla con honestidad y asume su responsabilidad.

Las Escrituras conceden enorme importancia a este principio. En las instrucciones de esta semana, Yehováh declara:

Lo que hubiere salido de tus labios, guardarás y cumplirás, conforme lo prometiste a Yehováh tu Elohim, pagando la ofrenda voluntaria que prometiste con tu boca.

Deuteronomio 23:23

El contexto inmediato se refiere a los votos hechos voluntariamente a Yehováh. Nadie estaba obligado a hacerlos, pero una vez pronunciadas las palabras, estas creaban una obligación. El libro de Números expresa el mismo principio: “Cuando alguno hiciere voto a Yehováh, o hiciere juramento ligando su alma con obligación, no quebrantará su palabra; hará conforme a todo lo que salió de su boca” (Números 30:2). Eclesiastés presenta una advertencia todavía más directa al enseñar que, cuando hacemos una promesa delante de Elohim, no debemos tardar en cumplirla, y concluye: “Mejor es que no prometas, y no que prometas y no cumplas” (Eclesiastés 5:4–5).

El mensaje es difícil de ignorar: es mejor no prometer que comprometer nuestra palabra y después tratarla como si no tuviera valor.

De los votos a la vida cotidiana

Estos pasajes se refieren específicamente a compromisos hechos delante de Yehováh, pero también revelan algo importante acerca del carácter que Él desea formar en nosotros. Yeshúa llevó ese principio directamente a nuestra conversación cotidiana cuando enseñó: “Sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no” (Mateo 5:37). Santiago repite esencialmente la misma instrucción: “Que vuestro sí sea sí, y vuestro no sea no” (Santiago 5:12).

Una persona íntegra no debería necesitar juramentos y grandes afirmaciones para que los demás le crean; con el tiempo, su propia trayectoria debería hablar por ella. Su debe significar sí, su no debe significar no y, cuando dice “lo haré”, debe existir una intención genuina de cumplir. Este principio alcanza prácticamente todos los ámbitos de nuestra vida: el matrimonio y la familia, las amistades, el trabajo, los negocios, el ministerio y nuestras obligaciones económicas. Si prometemos pagar, debemos pagar; si aceptamos realizar un trabajo, debemos hacerlo; si decimos que estaremos en algún lugar, debemos hacer todo lo razonablemente posible por estar allí. Y si asumimos una responsabilidad, los demás no deberían tener que perseguirnos constantemente para averiguar si realmente pensamos cumplirla. Esto es mucho más que buenos modales: es integridad.

Las palabras revelan el carácter

Las Escrituras relacionan repetidamente la manera como usamos nuestras palabras con la condición de nuestro carácter. David escribe: “Guarda tu lengua del mal, y tus labios de hablar engaño” (Salmo 34:13), mientras Proverbios nos dice: “El que guarda su boca y su lengua, su alma guarda de angustias” (Proverbios 21:23). Nuestras palabras, por lo tanto, no son simplemente sonidos que desaparecen una vez pronunciados. Revelan lo que hay en nosotros y, al mismo tiempo, crean expectativas en la vida de quienes nos rodean.

Proverbios ofrece una imagen especialmente apropiada para describir a quien promete pero no cumple: “Como nubes y vientos sin lluvia, así es el hombre que se jacta de falsa liberalidad” (Proverbios 25:14). La imagen es poderosa: aparecen las nubes, comienza a soplar el viento y todo anuncia que finalmente llegará la lluvia, pero la lluvia nunca llega. Así sucede con la persona que continuamente crea expectativas mediante sus palabras, pero cuyas acciones nunca las satisfacen.

Con el tiempo ocurre algo inevitable: la gente deja de creerle. Puede continuar hablando, prometiendo, explicando y asegurando que esta vez será diferente, pero sus palabras han ido perdiendo valor. La confianza rara vez se destruye por una sola cita olvidada o por un incumplimiento inevitable; normalmente se erosiona poco a poco, cuando comienza a desarrollarse un patrón en el que las palabras y las acciones ya no coinciden.

Nuestra reputación también habla de Yehováh

Para quienes afirmamos pertenecer a Yehováh, este asunto tiene una dimensión todavía mayor, porque no representamos solamente nuestro propio nombre. También llevamos el Suyo delante de quienes nos rodean. Cuando nuestra vida se caracteriza por la honestidad, la responsabilidad y la confiabilidad, los demás pueden reconocer algo del carácter de Aquel a quien afirmamos seguir. Pero cuando somos conocidos por las promesas incumplidas, las excusas constantes, las obligaciones abandonadas o las deudas que no procuramos honrar, el daño no se limita a nuestra reputación personal; nuestro testimonio también resulta afectado.

Yeshúa advirtió que no debemos considerar nuestras palabras como algo insignificante:

De toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado.

Mateo 12:36–37

Esto debería llevarnos a pensar con mayor cuidado en aquello que sale de nuestra boca. Con nuestras palabras prometemos, consolamos, enseñamos, negociamos, bendecimos, corregimos y establecemos compromisos. Aprender a gobernarlas forma parte, por tanto, del desarrollo de un carácter que honre a Yehováh.

¿Qué sucede cuando no podemos cumplir?

Tener integridad no significa que las circunstancias nunca nos obligarán a modificar un compromiso. Las enfermedades, las emergencias, las dificultades económicas, las responsabilidades inesperadas y otras situaciones que genuinamente escapan de nuestro control forman parte de la vida. A veces sencillamente no podremos hacer aquello que sinceramente teníamos la intención de hacer. La verdadera prueba de nuestra integridad puede manifestarse precisamente en la manera como respondemos cuando eso sucede.

Una persona íntegra no espera a que los demás descubran por sí mismos que no pudo cumplir. Se comunica, explica la situación con verdad, pide disculpas cuando corresponde y procura encontrar una solución. Si no puede pagar una deuda en el momento acordado, habla con la persona a quien le debe; si no puede terminar una responsabilidad a tiempo, informa a quienes resultarán afectados, en lugar de desaparecer o guardar silencio, y siempre que sea posible, procura cumplir el compromiso tan pronto como las circunstancias se lo permitan. Asumir responsabilidad cuando fallamos también forma parte de honrar nuestra palabra.

El verdadero peligro, entonces, no está simplemente en fallar alguna vez. Comienza cuando el incumplimiento se convierte en costumbre y las excusas reemplazan a la responsabilidad. Cada promesa que cumplimos fielmente fortalece nuestro carácter y confirma la confianza que los demás han depositado en nosotros. Por el contrario, cada compromiso que abandonamos con ligereza erosiona nuestra credibilidad y hace más fácil tratar la próxima promesa con la misma indiferencia.

Por eso quizá deberíamos detenernos un momento antes de decir: “Te lo prometo”. ¿Puedo realmente hacer lo que estoy diciendo? ¿Estoy dispuesto a asumir el costo de cumplir este compromiso? ¿Estoy dando mi palabra porque verdaderamente tengo la intención de cumplirla, o simplemente prefiero decir: sí, porque resulta más cómodo, que decepcionar a alguien en ese momento diciendo: no?

Tal vez necesitamos prometer menos y cumplir más.

Al final, nuestra palabra adquiere el valor que nuestra conducta le da. Cuando nuestro realmente significa sí y nuestro no significa no, construimos una vida marcada por la confianza. Honramos a quienes nos rodean, fortalecemos nuestro propio carácter y, sobre todo, honramos a Yehováh.

Que nuestra palabra sea digna de confianza, porque el Nombre que representamos también merece ser honrado.

Add a Comment

You must be logged in to post a comment