¿A qué Tribu Perteneces?

Es natural que surja un interés o algún tipo de curiosidad por “descubrir” de alguna manera, si hay alguna conexión de sangre con nuestros ancestros hebreos.

¿Te has hecho esta pregunta alguna vez, desde que iniciaste el camino de regreso a tus raíces hebreas? Posiblemente.

Quienes hemos salido de las iglesias convencionales porque “sentíamos que algo no encajaba”, iniciamos una búsqueda para obtener un mayor conocimiento de nuestra identidad. Después de todo, si estamos en este Camino es porque nos consideramos parte de las ovejas perdidas de la Casa de Israel, a quienes Yeshúa declaró que había venido a buscar.

Y es natural que surja un interés o algún tipo de curiosidad por “descubrir” de alguna manera, si hay alguna conexión de sangre con nuestros ancestros hebreos. Por tal razón muchos hemos acudido (yo me incluyo) a buscar a través de una prueba de ADN si tenemos algún porcentaje de sangre judía en nosotros. Y la gran mayoría, por lo menos con quienes he podido conversar al respecto, tenemos algún porcentaje: 2, 4, 7, 13 o más por ciento de ADN judío.

Pero esto no garantiza que seamos efectivamente de la tribu de Y’hudáh. Como bien sabemos, previo al exilio de las Diez Tribus a manos del Imperio Asirio, muchas familias integrantes de esas tribus, se habían mudado al sur para vivir dentro de la Casa de Y’hudáh, debido a la idolatría y las prácticas paganas de los reyes de la Casa de Isra’el (otro nombre ara la Diez Tribus).

Es decir, con el tiempo Y’hudáh (Judá) vino a ser un conglomerado que lleg´ø a incluir miembros de las Doce Tribus, y de esto nos da testimonio el Nuevo Testamento, cuando nos narra este detalle entorno a la presentación de Yeshúa en el Templo::

Y había una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Ella era de edad muy avanzada, y había vivido con su marido siete años después de su matrimonio, y después de viuda, hasta los ochenta y cuatro años. Nunca se alejaba del templo, sirviendo noche y día con ayunos y oraciones. Y llegando ella en ese preciso momento, daba gracias a Dios, y hablaba de Él a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.” (Lucas 2:36–38, LBLA)

Por su parte Ya’akov (Santiago) da comienzo a su carta con estas palabras:

“Santiago (Ya’akov), siervo de Dios y del Señor Jesucristo: A las doce tribus que están en la dispersión: Saludos. Tened por sumo gozo, hermanos míos, el que os halléis en diversas pruebas,” Santiago 1:1–2, (LBLA)

Así que tenemos dos testigos en el Nuevo Testamento, de que había la conciencia en el pueblo judío de aquél entonces, de que integrantes de las doce tribus estaban presentes dentro de la identidad “judía”.

Esto significa que luego de la destrucción del Templo en el año 68 D.C., la totalidad de integrantes de la Casa de Y’hudáh salió a la dispersión, sumándose a las comunidades ya exiliadas tanto por los asirios como por los babilonios en los siglos anteriores.

Esa enorme cantidad de personas, dispersada en diferentes épocas, se mezcló, al pasar el tiempo, con gente de las demás naciones, de manera que en la actualidad rastros de esa “semilla” o de esa identidad, se hallan dispersas por todo el mundo, siendo esto confirmado con los exámenes de ADN mencionados anteriormente.

¿Y qué si no puedo verificar mi ADN?

Dirás que lo anterior está bien para quienes pueden verificar su identidad mediante examen de su ADN, pero… ¿qué de los que no lo pueden hacer? 

La buena noticia es que la obra que vino a hacer Yeshúa, cubre esas circunstancias. Pensemos en algunas de las afirmaciones que él hizo durante su tiempo en la tierra:

“Sino id más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel.” Mateo 10:6 (LBLA)

“Y respondiendo Él, dijo: No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.” Mateo 15:24 (LBLA)

“Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.” Mateo 11:27 (RVR60)

“Y decía: Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí si no se lo ha concedido el Padre.” Juan 6:65 (LBLA)

Estos versos nos plantean dos cosas importantes: 

  1. Quienes llegamos a Yeshúa (Jesús), lo hacemos porque el Padre, Yehováh, nos ha traído a Él.
  2. Nadie puede conocer al Padre, sin la intervención de Yeshúa.

Con razón Yeshúa afirma:

“…Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais;  Juan 14:6–7 (RVR60)

Esto significa que independiente de nuestra “comprobación científica” mediante un examen de ADN, el mero hecho de que hayamos sido hallados por Yeshúa, responde a que Yehováh, el Padre, nos condujo hacia Él, y nos ha reconocido como parte de su Pueblo Israel.

Aquí no cuentan las denominaciones, las herencias, las tradiciones, ni nada por el estilo. Si hemos sido hallados por Yeshúa, si Él ha transformado nuestra vida y si hemos sido conducidos por Él a Yehováh, nuestro Padre, entonces: ¡Somos Israel!

Lo somos en virtud de la obra de Yeshúa, el yahudita (judío) y si bien no nos sea posible establecer con claridad nuestra identidad tribal, es decir a cuál de las Doce tribus de Israel pertenecemos, por ahora sabemos que hemos sido adoptados por la tribu del Rey: Y’hudáh, y a su tiempo Él nos revelará de cuál tribu formamos parte.

Esto lo hará, porque esa será la forma de demostrar que sus promesas de restauración de las Doce Tribus, fue cumplida. De manera que aprendamos a vivir con la confianza de que nuestra identidad está escondida con Yeshúa y que un día esta nos será finalmente revelada.

Ahora pues, dice Yehováh, el que me formó desde el vientre para ser su siervo, para hacer volver a él a Ya`akov y para congregarle a Israel (porque estimado seré en los ojos de Yehováh, y el Dios mío será mi fuerza); dice: Poco es para mí que tú seas mi siervo para levantar las tribus de Ya`akov, y para que restaures el remanente de Israel; también te di por luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta lo postrero de la tierra.
Isaías 49:5–6 (RVR60)

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