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En este momento de la narrativa del Éxodo encontramos a Moisés asumiendo la tarea monumental de juzgar al pueblo de Israel. Sentado desde la mañana hasta la tarde, Moisés atendía las disputas y conflictos entre los israelitas, buscando impartir justicia según la voluntad divina. Su dedicación a esta labor, aunque admirable, también mostró las limitaciones de un solo individuo frente a las complejidades de gobernar y administrar justicia para una nación entera.

Hay un cambio de rumbo cuando su suegro, Yitro, le da un excelente consejo. Este momento clave señalará el comienzo de un sistema judicial más estructurado, estableciendo las bases para la futura legislación que se encuentra en la entrega de la Torá.

En el pensamiento judío se entiende que:

“La Torá considera a todo juez que juzga con absoluta veracidad aunque sea durante una sola hora, como si se hubiera convertido en socio de Dios en la obra de la Creación.” (Talmud, Shabat 10a).

Es interesante que el Creador no tuvo la voluntad de juzgar ‘personalmente’ a cada individuo, sino que fue Su voluntad que los hombres aprendiesen los caminos de Su justicia y luego pudiesen juzgarse a sí mismos.

Tal como el hombre fue creado a imagen y semejanza del Creador, quien es Juez y Soberano de toda la Creación, de la misma manera el hombre debe aprender cómo ejecutar la justicia de manera imparcial y responsable.


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